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La hora del cuento en Express News: “Legado”

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Por Gael Pasadena


Mi padre, dueño de un próspero imperio bodeguero, y avaro como él solo, ya me había advertido de que no pensaba dejarme nada. Nada de nada, me insistía, igual que un disco rayado. Por eso me sorprendió tanto cuando, unos días después de su muerte, –a cuyo funeral no tuve el placer de asistir–, me llamó su fiel abogado. Resultaba que mi viejo era un sentimental después de todo. ¿Qué sería? ¿El deportivo? ¿El yate? ¿El avión? ¿Qué...? “Señorito, es mejor que lo vea usted mismo...” y seguidamente me “recordó”, con cierto retintín, la dirección de nuestra casa familiar. La llave, misteriosamente, no entraba en la cerradura. Paco, nuestro mayordomo de toda la vida, me invitó a pasar y me dijo cortésmente que esperara, que enseguida me atendería el señor. ¡¿El señor?! Corrí enfurecido al despacho de mi padre, empujé la puerta y de pronto ahí estaba, sentado en su sillón de piel de cocodrilo, fumándose uno de sus habanos, ante mis narices, el señor... abogado. Y sobre el escritorio, como para celebrarlo, una botella abierta, sin etiqueta y medio vacía, con una nota: “Hijo, he cambiado de idea...” De inmediato, se me dibujó una amplia sonrisa. “Te legaré mi bien más preciado, única herencia de tu pobre y miserable abuelo...” Mi sonrisa se transformó en una mueca de espanto. “Este vino malísimo, malísimo de veras, pero al mismo tiempo tan inspirador... Salud”.