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Miscelánea

La hora del cuento “Ser o no ser… noticia”

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P16carta


Por: Gael Pasadena.


A comienzos del otoño pasado saltó la noticia de la misteriosa desaparición de una niña de once años. Su fotografía, adorable, apareció en los telediarios de medio mundo y todos los espectadores, –muy especialmente los que eran padres–, se estremecieron al verla. Hoy, un año después, ya no es noticia...


Yo acababa de empezar 1º de la E.S.O. y me sentía, francamente, muy mayor. Lo suficiente como para volver sola del colegio. Bueno, sola exactamente no; mi madre jamás me habría dejado. Solía acompañarme mi mejor amiga, sin embargo ese día, al finalizar las clases, me soltó de improviso que habían venido a buscarla. Antes de marcharse apresuradamente, se giró con una amplia sonrisa y me dijo adiós con la mano. Y recuerdo que yo pensé: ¡qué suerte la suya!, mientras trataba de colgarme mi pesada mochila a la espalda.


Mi antiguo colegio estaba bordeado por un inmenso descampado, que servía a los padres con coche de improvisado aparcamiento. Mi madre no me permitía atravesarlo bajo ningún concepto, ni siquiera acompañada por mi mejor amiga; veréis, ella temía que se me ensuciaran de polvo los zapatos... pero como el camino era más corto y se me había hecho un poco tarde, concluí que por esta vez no pasaba nada.


No los había visto nunca antes. En cambio, distinguí enseguida el uniforme de mi colegio. Todos eran más mayores que yo; por lo menos debían de ir dos o tres cursos por delante de mí. Surgieron de repente, de detrás de un coche. Estaban fumando y se reían mucho. Al verme, clavaron su mirada en mí y uno de ellos se llevó el dedo índice a los labios. Yo salí corriendo...


Ya no paré hasta llegar, casi sin respiración, al parque –desierto a esas horas– que hay frente a la casa de mi abuelita, que me esperaba para comer. De hecho, yo ya atisbaba su hermoso balcón lleno de flores cuando me salió al encuentro un perro enorme –con apariencia de lobo– que se me echó encima y me tiró al suelo. Su dueño, que resultó ser un chico simpatiquísimo, me lo quitó inmediatamente de encima y me ayudó a levantarme. Entonces me miré horrorizada de arriba abajo: no solo me había ensuciado los zapatos, sino todo el uniforme; mi madre me iba a matar...


¿Te has asustado? No hace nada. Se llama Luna. Puedes tocarla, no te va a morder. Es muy buena. ¿Sabes que acaba de tener cinco cachorritos? ¿Quieres verlos? Están ahí mismo. Acompáñame. Vamos, acompáñame. Es solo un momento. Están en el maletero. Mira, mira dentro. Son preciosos. En serio. Sí... verdaderamente, lo eran.


Al día siguiente volví, como todos los días, a clase. Al ver su asiento vacío, pensé que estaría mala... Luego, cuando regresé a casa, contemplé su fotografía en televisión. Esa en la que sonreía a cámara, –como la última vez que me había sonreído a mí–, y que en cuestión de segundos iba a conmover al mundo entero.