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Miscelánea

“Carta de una esposa”

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Por: Gael Pasadena.


Jueves, 29 de septiembre de 1938


Querido Ventura,


Soy Soledad… Antes que nada, perdóname la letra y las faltas de ortografía, ya sabes que apenas fui a la escuela. No es excusa pero, humildemente, no tengo la culpa de no saber más. Me estoy dando cuenta ahora mismo de que es la primera carta que escribo en toda mi vida. Y no sé hacerlo. Y no tengo ayuda. Y estoy asustada. Me asusta una página en blanco, figúrate, ¡qué tontería! Sin embargo, a la vez, me produce una emoción enorme que mi primera carta sea para ti, para ti… que eres el único. A tu mujer Catalina, alumna de matrícula, probablemente se le daría mucho mejor que a mí esto de escribir, en cambio ella, por lo visto, no tiene tiempo de contestar a tus cartas ni para responderte sencillamente cómo está el crío…


Voy a contarte una historia… Hoy, mientras hacía la limpieza a fondo de la casa, he descubierto todas tus cartas metidas en una maleta en el desván: no son muchas, apenas cuatro en dos años eternos, pero lo increíble es que estaban sin abrir. He ido furiosa a enfrentarme con Catalina, y la he pillado leyendo embobada, como siempre, otra novelita rosa de las suyas. Le he preguntado una y otra vez, desafiándola con tus cartas en la mano, por qué, por qué si fue ella la que se casó contigo, por qué si ella es la destinataria de las cartas… Ni me ha mirado, haciendo gala de su indiferencia habitual. Pero en ese momento, han llamado a la puerta y, sorprendentemente, ha dejado su libro y ha bajado a abrir como loca. ¡Ha bajado a abrir la puerta, cuando la criada soy yo! Era tu padre, que venía a llevarse al crío a la escuela. Se han ido los tres juntos, agarrados de las manos, con el niño entre ambos, calle abajo…


Ha sido entonces cuando, observándoles desde la ventana, he ido atando cabos… Nosotros éramos novios y pensábamos en casarnos algún día, pero de la noche a la mañana viniste a nuestra casa a pedir incomprensiblemente su mano. ¿Recuerdas la última mirada que nos echamos aquel día terrible de la petición de mano de Catalina? En tus ojos había una mezcla de vergüenza y tristeza, en los míos, amor, yo te juré con mis ojos, sin palabras, porque no me salían, que te amaría siempre. Después de casaros os fuisteis del pueblo. Y años después, nada más empezar la guerra, volvió Catalina, sola con el niño, que entonces tenía los mismos años que años hacía que os habíais marchado. Nos dijo que tú te habías alistado voluntariamente para luchar con la República. Casi muero al oír aquello, pero ella, en cambio, fría como el hielo.


Hace un rato, no podría decirte muy bien cuándo, me he dado al fin cuenta de todo. Lo sé todo, Ventura… Lo que no sé es si te llegará mi carta, pero te escribo a la luz de una vela, casi sin aliento, desesperada, porque ahora más que nunca solo deseo que acabe la guerra y vuelvas sano y salvo. He leído todas tus cartas –las cartas de un marido a su esposa– aunque no fueran dirigidas a mí, pero esta circunstancia ya no me duele porque, como te he dicho antes, lo sé todo.

Me gustaría firmar como tu esposa y contestarte, por cierto, que el crío está muy hermoso.


Te quiere ahora y siempre,


Soledad


Posdata: El crío es igualito a tu padre…



(Dedicado a la memoria de mis abuelos.)