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Miscelánea

El sometimiento, un arma peligrosa

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Luz Quiceno

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Cualquiera diría en una prueba de emparejamiento, de aquellas preguntas tipo test que nos hacían en el colegio, que “sometimiento” es pareja correspondiente con “víctima”. De idéntico modo que se emparejaría con mujer. Esto representa una creencia generalizada, que no necesariamente se corresponde con la realidad. Lo preciso es que, desde el punto de vista biológico, el sometimiento es una actitud femenina, lo cual no significa que los hombres no la ostenten. Tampoco es preciso que una persona que se comporte con sometimiento sea siempre la víctima, pues existen victimas que son los dominadores, “los sometedores”. Seguidamente ahondaremos en los tres conceptos.



Desde el punto de vista biológico, cuando un animal se enfrenta a otro, mide sus fuerzas de modo inconsciente, y si se percibe igual o superior, se enfrenta, esto corresponde con una actitud masculina. Sí se percibe inferior, puede asumir dos conductas, huir o someterse, esta corresponde con una actitud femenina. Es simplemente un mecanismo de defensa para sobrevivir. En los seres humanos se presenta con carácter similar; el matiz se encuentra en sus creencias e idiosincrasia. De todas formas, la primera respuesta humana es idéntica.



El peligro del sometimiento es que existe camino de ida y vuelta, en otras palabras, una persona puede comportarse sometida con unas personas y “sometedor” con otras. Lo cual tiene la misma explicación biológica; cuando se siente inferior, puede decidir agachar la cabeza, pero si en algún momento detecta debilidad en su dominador u oponente, le saltará a la yugular. Por lo tanto, el sometimiento es una defensa para el sometido, pero puede resultar un arma muy peligrosa para el que somete, subyuga, impone, oprime o domina. Es biología pura y dura.



Me voy a permitir exponer algunos ejemplos de casos para comprender lo expuesto. En una oportunidad una persona me consultó acerca del conflicto reinante entre la relación de pareja de sus padres; mi consultante se sentía desbordada con el tema. El padre tenía unos setenta y cinco años y la madre diez menos. Resulta que la madre, según me comentaba, lastimaba al padre con sus comportamientos; el padre estaba enfermo y la madre no lo cuidaba. Ella salía con sus amigas, lo dejaba solo, no lo atendía, dejaba dicha responsabilidad a los hijos. Cuando el esposo o los hijos la llamaban, la mujer les decía que estaba muy entretenida, que la dejaran en paz, llegaba tarde de la noche o al amanecer. Los hijos juzgaban a la madre como una desconsiderada e irresponsable; sin embargo, como todas las historias de pareja, tiene dos lecturas. Cuando le pregunté si siempre había sido así, mi consultante comentó que no, aunque tuvo bastante dificultad para recordar que cuando ella era niña, su padre era un alcohólico, mujeriego y maltratador, en suma, su madre se sometió totalmente.



En este caso, la madre se sometió, debido a que, de algún modo, se percibió inferior para enfrentar al marido o para huir o abandonarlo, pero cuando se sintió superior —su marido se enfermó-, se transformó en su maltratadora y opresora. Ella gozaba de la vitalidad, la libertad y una vida económica resuelta que la hacían sentir dominante y superior a su marido ¿Quién era entonces la víctima y quien el victimario?



Otro ejemplo en un contexto laboral es el caso de un hombre que trabajó durante veinte años para una compañía editorial, estuvo allí hasta cuando el mayor accionista y fundador de la empresa, decidió nombrar a su hijo recién graduado como gerente general -un cargo al que él aspiraba-. El hombre renunció de inmediato, según aducía, no iba a permitir que un “mocoso” le diera órdenes. La explicación biológica es que se sentía inferior para competir por el puesto, pues el joven por su condición de hijo del dueño, le llevaba ventaja. El hombre no quería someterse a las órdenes de quien consideraba su oponente y mejor huyó.



También se puede observar el fenómeno en la crianza de nuestros hijos. Si cuando están pequeños los sometemos, entonces, de adultos, se irán lo más lejos que puedan, se revelarán o quizás, nos sometan si se conciben más fuertes -una situación en crecimiento en la actualidad-. Asimismo, otra posibilidad es que se sometan hasta tal grado, que se conviertan en unos inútiles. Tal es el caso de una consultante que convivía con un hijo inútil, este tenía 40 años y se comportaba como un nene de cinco. La madre odiaba la gente perezosa y vaga; así que, inconscientemente su sometido vástago se comportaba de la forma que causaba dolor a su progenitora.



Los hombres machistas sufren de igual modo las consecuencias del sometimiento. Cuando este tipo de hombre cree que ha sometido a su esposa, que equivocado está, pues la mujer se defenderá atacándolo donde más le duela, es un mecanismo de defensa bilógico. Por ejemplo, si ella identifica que a su cónyuge le afecta bastante perder dinero, entonces despilfarrará; se trata de aquella mujer que demanda gastos con constancia, lo cual puede suceder a través de los hijos, una enfermedad o quitándole el dinero (sin que él lo sepa, claro está). Otra mujer sometida que identifique que el punto débil de su marido machista es alguno de sus hijos, es decir, tiene un preferido, ella creará una rivalidad encubierta con dicho hijo, que por lo general es una hija mujer. Cuando el sometido es el hombre, el mecanismo de defensa se activa de similar modo, por ejemplo, si este sabe que su mujer es celosa, la provocará flirteando con otras mujeres o siéndole infiel de hecho. Con una frase coloquial podemos esbozar la siguiente conclusión, es sencilla: “no hay enemigo pequeño”.



El sometimiento es peligroso, pues nuestra biología busca siempre a través del inconsciente, sobrevivir. Una ley natural que nos aboga a reflexionar en que no existen víctimas y victimarios, maltratadores y maltratados, dominantes y sometidos; solo existe inconsciencia.



Estar en consciencia de que unas veces asumimos el papel de sometidos y otras de “sometedores” nos conduce a saber quiénes somos, a estar atentos, comprendiendo que es nuestra naturaleza que se siente atacada y se defiende. 


Lo cual no representa la verdad o una realidad, más bien, es lo que sentimos con respecto a…, lo que nos lleva a reaccionar de una forma u otra.



La mayoría de las veces el peligro no existe, nadie nos ataca, pero nuestro inconsciente lo percibe de esta forma; puesto que existe un impacto emocional predecesor, que activa los mecanismos de defensa de inmediato. Por ejemplo, una persona se puede sentir atacada por su jefe, cuando este le corrige; puesto que cuando era pequeño, lo corregían a correazos. En este supuesto, la persona puede asumir cualquiera de las actitudes que hemos mencionado a lo largo de este artículo.



Comprender nuestra biología es el primer paso hacia la consciencia y el conocimiento de lo que somos, de esta manera, seremos capaces de trascender nuestros miedos, nuestras emociones y la información oculta que yace en nuestro inconsciente. Somos los hacedores del destino que acarreamos. Reconocer lo que somos sin reproche y con aceptación es la disposición para sanar nuestros conflictos y gozar de un mayor bienestar.