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La carta de una hija que toda madre necesita leer

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Por Luz Quiceno

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Hola Mamá,


Desde el momento que nos despedimos ya te extrañaba, supe a partir de ese instante lo que en verdad significabas en mi vida. A medida que me alejaba de ti, empecé a ser yo, una sensación que me espantó, tuve miedo y quise correr de nuevo a la protección de tus brazos y decirte que me arrepentía de volar, sin embargo, recordé mis sueños y sucedió tal cual me lo dijiste; que estos me darían las fuerzas para seguir caminando en los momentos en que sentimos derrumbarnos.


Mientras volaba recordé la dulzura de tus caricias cuando acicalabas mi cabello, los cuentos que me leías y las canciones que me cantabas para que me durmiera, el sentir suave de tus manos en la madrugada sobre mi frente, en especial cuando enfermaba. Al mismo tiempo rememoraba nuestras conversaciones en la cocina al momento del desayuno y todo lo que me ayudabas para que encontrara lo que de verdad quería hacer con mi vida, a la vez que me confesabas tus errores como madre y me hablabas de tus secretos, diciéndome que esto lo hacías para que yo supiera quién era. Lloré y lloré al recordar todo esto.



¿Sabes, mamá? Hasta ahora empiezo a comprender lo que encarnaban tus confesiones matutinas meses antes de separarnos, y sé lo que esto representa para mí. En mi adolescencia sentía que te odiaba y deseé en muchos momentos que no fueras mi madre, detestaba tu sometimiento a mi padre y al tuyo (mi abuelo), y me provocaba pegarte para que entendieras que debías respetarte, quería que cambiaras e incluso llegué a desear otra mamá, como la de mi mejor amiga.  

Yo no entendía que no te dieras cuenta, hasta que me comentaste que tu madre era igual, asimismo algunas de tus hermanas y tu abuela (la madre de tu madre). En ese momento supe cuán complicado debió ser para ti salirte de ese círculo y lo valiente que has sido. Pudiste enfrentarte al monstruo que más te aterraba desde niña y superaste el temor, aparte pusiste el coraje para tomar y realizar las decisiones que tuviste que ejecutar.



Sé que muchos de los errores que has cometido como madre vienen de la violencia que has sufrido y te agradezco por compartirme la trama de tu vida, el hecho de que hayas reconocido dichos errores, me ha enseñado de tu tesón y a la vez del amor que sientes por mí, ya que comprendo que el reconocer tus errores es una expresión del mismo, al ser capaz de dejar a un lado tu orgullo de madre.



Yo quería que me amaras de una forma y obligarte a que lo hicieras de este modo, eso me hacía sentir rabia, creía que no me amabas hasta que concebí que mi creencia de amor era egoísta al pensar que era la única. Ahora reconozco que tu amor siempre estuvo, solo que se escondía detrás de tú dolor.



Entiendo que hayas cometido conmigo las mismas equivocaciones que aprendiste de tus padres, era lo que conocías, sin embargo has sabido vislumbrar que éstos eran los que tú necesitabas para aprender y poder cumplir con tu misión en esta existencia. Gracias a tu aprendizaje, yo ya no le transmitiré a mis hijos los mismos conflictos. Aunque sé que no estaré libre de cometer otros, pero si lo hago, me enseñaste que con amor propio y comprensión, podré transformar cualquier fallo perpetrado; y que, aun así, no estoy exenta de cometerlos, pues mis descendientes necesitarán aprender lo propio. 


Además, me dijiste que en lo único que una madre no se equivoca es en darle a sus hijos un amor incondicional y en plena libertad. Gracias a tu reconocimiento yo podré formar una familia diferente, libre de violencia y maltrato físico.



Aparte me has explicado que necesito hurgar en mi interior al menor inconveniente sufrido. Con tu ejemplo, al superar un cáncer, me has enseñado que el dolor inconsciente es el origen de cualquier conflicto, mínimo, o grave como el que sufriste. Me has transmitido que los demás únicamente son una proyección de lo que guardamos dentro, por eso tú te maltratabas a través de mi padre y que él también era un niño violentado con la sobreprotección de su madre (mi abuela Juana), asimismo que la noria de violencia solo se rompía si nos hacíamos conscientes, comprendíamos, perdonábamos y utilizábamos esos sentires y acontecimientos para transcender nuestra vida y, como reflejo, sanar la historia del árbol familiar. Me explicaste que eso significaba alquimia. De igual forma, me hablaste que cuando más miedo tienes al dolor, éste más se potencia, y en lugar de huir lo que necesitamos es buscar dónde está y plantarle cara con consciencia. Y que la desvalorización era el martillo que nos enterraba en el mundo de la vehemencia. Merced a lo anterior he podido perdonar a mi padre y ser compasiva con él.



Así que, mamá, ahora sé que eres la madre perfecta, la que yo escogí para ayudarme a evolucionar como ser humano y poder realizar la misión que Dios o la divinidad me ha dado para cumplir en esta vida.



Espero haber comprendido tus mensajes y enseñanzas que con tu modelo me han fabricado las alas. Ya tengo una razón para vivir, muchos sueños que conquistar, un camino que recorrer, conozco mi historia; la que me ayudará a enfrentar con consciencia junto con la valentía que me diste, a cualquier monstruo que ose presentarse.



Gracias, mamá, por reconocer tu pasado, tu verdad, y renacer de las cenizas; debido a esto, ahora yo puedo volar rumbo a conseguir mis sueños, pues de lo contrario mi destino era quedarme a tu lado cuidándote de papá y quizás nadando en la amargura de los sueños no cumplidos.



¡Gracias por enseñarme a volar y comprender lo que soy!

Con todo mi amor,


Sofía


*Aparte tomado del libro: “Tras las cortinas”.