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Perfiles

Música y palabras por la paz en el mundo

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Enrique D. Zattara

www.elojodelacultura.com

Alberto Portugheis salió de su país, la Argentina, en el año 1960: a los 19 años. Su familia quería que aprendiese a administrar la mueblería de su padre, y él quería tocar el piano. La tensión llegó a ser insoportable, “era mi salud psicológica lo que estaba en juego”, admite hoy, más de cincuenta años después. Y decidió tomar distancia.


Eligió Ginebra, porque allí estaba la tumba del pianista a quien más admiraba: el rumano Dinu Lipati. Su tumba y su viuda, con quien el joven pianista de La Plata (que había tenido que renunciar – para irse – a la docencia del gran Scaramuzza, el maestro italiano radicado en Buenos Aires que enseñó a Marta Argerich, Bruno Gelber, Antonio De Raco) comenzó a tomar clases. De allí pasó al Conservatorio de Ginebra, donde terminó sus estudios superiores de piano. Ganó el Primer Premio en un importantísimo concurso internacional promovido por el propio Conservatorio. A partir de allí, comenzaron las invitaciones para tocar en Suiza, Francia, y a veces Italia y España.


“Entonces – cuenta Portugheis – mis maestros y mi representante me aconsejaron que si quería lanzar definitivamente mi carrera, debía mudarme a uno de los tres grandes centros mundiales de la música, que eran (y siguen siendo) Nueva York, París o Londres. París era mi ciudad preferida, pero después de siete años de muchos viajes a Francia hablaba bien el francés, así que opté por un lugar donde pudiese aprender un nuevo idioma. Nueva York era una ciudad demasiado agitada para mi gusto, en cambio Londres tenía en aquel tiempo las ventajas de Nueva York pero con un estilo de vida mucho más sosegado (ya no es así, por desgracia, ahora no habría diferencia entre una y otra)”.


Así que en 1966 se instaló en Londres, donde vive ahora en una casita típica de Shepperd Bush, con una pequeña cocina, un pequeño dormitorio-escritorio, y un salón luminoso donde apenas se puede caminar en el escaso espacio que dejan dos enormes pianos de cola. Una ciudad desde donde, por supuesto, ha viajado a casi todos los rincones del mundo a dar conciertos.


“Me crié en una familia donde no se hablaba de música, y crecí pensando que tocar el piano era una necesidad personal pero que uno tenía que vivir de otra cosa. Cuando iba a escuchar un concierto, siempre se me ocurría pensar qué sería de ese señor cuando no tocaba el piano: abogado, doctor, profesor de geografía, vaya a saber. De hecho, yo soñaba con ser piloto de avión, pero me rechazaron por no tener buena vista”, recuerda.



Dice el refrán que no hay mal que por bien no venga, y gracias a ese rechazo ahora en lugar de un piloto jubilado de Aerolíneas Argentinas, tenemos un pianista de fama internacional. Un pianista que ha llevado su arte a los más grandes escenarios del mundo. Lo más reciente, un homenaje por el centenario del nacimiento de uno de los músicos argentinos más internacionales, Alberto Ginastera, de quien ha sido gran amigo y de quien ha grabado su obra integral para piano. Lo próximo, un concierto a dos pianos junto a Marta Argerich, nada menos, el próximo 2 de diciembre aquí mismo en Londres. Y acaba de grabar un doble CD con la obra completa de una gran compositora española apenas conocida, Elena Romero, hija de Joaquín Turina, un descubrimiento que lo enorgullece.


“Nunca quise encasillarme en un repertorio específico: hago desde la música barroca hasta los contemporáneos, incluyendo obras de compositores que han escrito especialmente para mí. Y dentro de la música latinoamericana, naturalmente me he inclinado por los compositores argentinos”, señala.


Si su padre no lo alentó particularmente en su carrera musical, sí le inculcó otra de las pasiones que ocupan habitualmente el tiempo presente de Alberto Portugheis: la lucha por la paz en el mundo y en contra del militarismo.


“Mis familiares venían de Europa huyendo de la Segunda Guerra Mundial – recuerda – y crecí rodeado de gente que estaba en esas circunstancias, oyendo los horrores de la guerra. Mi padre le puso a la mueblería de que hablé antes, el nombre de ‘Paz’, porque él soñaba con la Paz. Por eso, mis dos libros sobre el tema están dedicados a él”.


Desde hace años, escribe y da conferencias en todo el mundo sobre la lacra del militarismo y el dominio que la industria armamentística impone sobre la política del planeta. Incluso fue propuesto para el Premio Nobel de la Paz, a raíz de sus denuncias y análisis sobre el conflicto de los Balcanes, que revelaban cómo el origen de esa cruel guerra estuvo en los fabricantes de armas.


Tras esa nominación, fue requerido constantemente para conferencias y encuentros contra la guerra en el mundo, y así fundó una asociación denominada Humanidad Unida para la Desmilitarización Universal, y escribió dos libros sobre el particular. Su primer libro fue Querido Ahed: El juego de la guerra y un camino hacia la paz , compuesto por cartas a un amigo palestino. Luego publicó, más recientemente, El dinero en sus corazones. Se enardece cuando habla del tema: “Son los fabricantes de armas quienes financian especialmente las carreras de los políticos de los países determinantes, y la forma que tienen los políticos de devolver favores es creando guerras. Hoy existen en el mundo más de 250 conflictos bélicos, adonde las grandes potencias envían a soldados que no saben ni siquiera adónde van ni por qué, a matar gente que no conocen. Pero principalmente es el negocio de las armas lo que está debajo de todos esos conflictos en los que a diario mueren miles de personas, niños y grandes. Los políticos del mundo viven hablando sobre la paz, pero son ellos los que promueven las guerras. Es un tema complejo que no se puede resumir en unas palabras, por supuesto. El mundo vive bajo una economía de guerra, y hay que lograr que viva en una economía de paz”.


Destaca la iniciativa de luchar por la paz desde la música de músicos como su compatriota Daniel Barenboim, que ha formado una orquesta con mitad de músicos judíos y mitad musulmanes para demostrar que la armonía y la convivencia son posibles por encima del racismo y el odio. Pero considera que “no hay que caer en el error de pensar que la música puede traer la paz. La música también puede servir para promover la guerra: no hay ejército sin bandas, y muchos compositores han escrito marchas militares, y ni hablar de los himnos nacionales que promueven el chauvinismo y el patrioterismo vacío”. Por eso, Alberto Portugheis prefiere mantener separados los dos campos: no es necesario mezclar la lucha por la paz con la música, Él, por su parte, ha dedicado su vida a ambos.