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Perfiles

Un museo del No-museo

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Enrique D. Zattara

www.elojodelacultura.com

Mario Flecha es un hombre singular: galerista y crítico de arte por momentos, editor de publicaciones, narrador de raza. Aunque nació en el lejano Buenos Aires, lleva más de 30 años viviendo en Londres, eso sí, alternándola con su pequeño pueblito de la costa catalana: Jafra. Ahora ha lanzado una de sus iniciativas más curiosas: el Museo de las Palabras. Hablamos con él para que nos explique mejor de qué se trata. Y este, más o menos, fue nuestro diálogo.


- El Museo de las Palabras es un museo virtual – explica el escritor y crítico de arte argentino - . Pero no es el único que existe o ha existido. El francés Malraux o el poeta y filósofo belga Roeheiter ya hicieron algo parecido. Lo hemos llamado “museo” porque museo, como se sabe, es en el griego antiguo el edificio donde habitaban las Musas,

- Unas Musas muy etéreas, entonces, porque si no hay edificio…


- Las Musas siempre son etéreas. Te las podés inventar, incluso. Y de todos modos vienen cuando quieren. O como decía Picasso: existir existen, pero te tienen que encontrar trabajando…


- O sea: tú les has construido un edificio virtual para que vengan más seguido.


- Podría verse así. Pero la idea es más expansiva. Si bien en principio el Museo está centrado en Jafra, ese precioso pueblo catalán, en realidad está en todo el mundo, porque físicamente no existe.


- ¿Y entonces…?

- Este Museo lo hemos inventado con mi hija. Y su primera actividad ha sido pedirle a casi todos nuestros amigos, que están en muchas partes del mundo, que HABLEN durante dos o tres minutos. Los resultados fueron curiosos: alguno aprovechó para hablar esos tres minutos con su perro por primera vez en su vida. Y después, sí que hay otras acciones que son más concretas, como organizar recitales de poesía, el último fue en Jafra pero podría ser aquí en Londres, o donde sea. Pero una vez que se dejaron de oir las palabras, la poesía en este caso, eso desaparece, vuelve al silencio, no queda registrado en ninguna parte. Y el resultado, al fin, viene a ser igual que el otro: se ha hablado, se ha dicho algo, pero no para coleccionarlo como un objeto. Las instituciones funcionan en base a una selectividad, y esa selección está organizada por alguien que se atribuye el derecho de decir qué queda y qué no. En este caso nadie selecciona nada y cada uno es responsable de sus palabras. En nuestro Museo no queda nada, lo importante es el acto de hablar, de la palabra en sí misma. Creemos que lo que cada uno dice es importante, pero no es más importante que lo que diga otro. 


No hay tampoco una memoria, es el acto en sí mismo. No le pedimos a la gente que hable para que se recopile lo que dice sino simplemente para que se exprese, que use la palabra que es lo más valioso que tenemos. No es nuestra intención convertir la palabra en objeto y preservarla para el futuro. Existe el presente.


- Un museo del no-museo…

Si quieres, así es. No hay un objetivo concreto ni siquiera un tiempo futuro. Es un presente continuo. Las puertas están abiertas para que participe en este museo el que quiera: basta con leer o recitar tu poema o tu cuento, o simplemente hablar durante media hora de lo que te de la gana.


- Las puertas están tan abiertas que no hay puertas… En fin, lástima que esta entrevista no podrá quedar en el Museo, porque la estamos grabando y por lo tanto ya no vale. Pero al menos nos ha servido para intentar comprender mejor qué es esto del Museo de las Palabras.


- ¿Te vas entonces con las cosas más claras?

- No, igual que como llegué. Pero a lo mejor los lectores son más receptivos. Al menos eso espero.