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La generación de la guayaba y los efectos emocionales como padres de Y, Z y AA

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Luz Quiceno

www.luz-entucaminointerior.com


Los colombianos casi con seguridad sabrán que es la generación de la guayaba; no obstante, para los que no, la generación de la guayaba es la forma como el humorista Andrés López, con grandioso talento, describe a las personas nacidas entre los años 60’s y principios de los 70’s. También en YouTube encontramos un video que presumiblemente se inspira en dicha descripción y en el cual denominan como “sobrevivientes” a los nacidos por aquellos tiempos.


A la generación de la guayaba se le cercenó el derecho a la expresión. La obediencia no tenía discusión o protesta; al menor gesto “se nos volteaba el mascadero” o quizás el pringón en las piernas se hacía sentir de inmediato y sin derecho a réplica o huida. Los “Derechos de la Infancia” no existían. En aquellas épocas los privilegios eran para los adultos, en especial para el padre. Era el que primero comía y tenía la mejor carne, lo que quedaba se repartía entre los hijos (si había). Los padres para educar sus hijos se apoyaban en los dictámenes de la religión católica, donde los actos de “insubordinación” eran repudiados y se ordenaba castigarlos con severidad. En la mayoría de los países suramericanos dicha religión era la voz mandante, hacía parte fundamental del gobierno. Ir a misa constituía un acto inobjetable y según el grado de implicación de los progenitores, se tenía que ir a diario y a la misa de gallo (misa a las 5 am). Por otro lado, los hijos trabajaban dentro y fuera de casa en muchos casos. Las mujeres tenían que aprender y realizar las labores domésticas desde edades muy tempranas (3-5 años), de similar forma, los varones tenían que aprender el trabajo fuerte (construcción, cargar provisiones, recados o mandados) y si por “fortuna” los padres poseían algún negocio, trabajar a sol y sombra junto a ellos, o, dependiendo de la situación económica de la familia, salir a la calle a “rebuscar” dinero para contribuir en la casa. Por todo lo anterior, ¿verdad que el término de “sobrevivientes” se ajusta a la perfección?


La marca de sobrevivientes de la generación de la guayaba es una huella emocional de la que pagamos tributo; ya sea con el resultado de vida que llevamos y/o con la educación de nuestros hijos. Claro que también son muchas las fortalezas que hemos desarrollado con respecto a otras generaciones, por ejemplo: somos sociables por naturaleza, trabajadores al máximo, desarrollamos el ingenio y el instinto que nos lleva a superar cualquier dificultad en el trabajo, el negocio o en nuestra casa; eso sí, excepto las barreras tecnológicas a las cuales con esfuerzo nos adaptamos. Con constancia estamos preguntando a nuestros hijos para resolver un problema al respecto, mientras que ellos se hacen de rogar con su sapiencia y casi que terminamos suplicándoles. Hasta que finalmente, después de rogarles varios días ellos se dignan asistirnos y viene lo peor: lo solucionan en menos de un minuto. Nosotros quedamos con la boca abierta como si de un milagro se tratara; ante la mirada de “que tonto es mi padre o mi madre que no sabe esto”.


En fin, mucho podría escribir sobre nuestra generación, sin embargo, quiero puntualizar en aquellas barreras emocionales fruto de la mano dura y la dictadura que vivimos, cuya proyección probablemente “vaciamos” al educar nuestros hijos, los de la generación Y, Z y AA de la que habla Andrés López. Seguramente que en muchas ocasiones cuando recibíamos azotes — tal vez debido a que nuestro progenitor se levantaba de mal humor— prometimos que nunca le haríamos eso a nuestros hijos; quizás también, cuando queríamos ir a jugar y no podíamos, ya fuera porque los zapatos estaban rotos o nos avergonzáramos de tener un diente podrido —del cual ya se habían hecho mofa los amigos—y que hacía que nos riéramos tapándonos la boca para evitar la burla o a lo mejor, cuando se nos impedía hablar y como consecuencia las palabras nos asfixiaban por dentro o tal vez, cuando los deseos de jugar o ver la televisión eran reprimidos a cambio de una larga jornada de trabajo. Habida cuenta de esto, nos comprometimos con esta frase: “no haré esto a mis hijos”. Una promesa que hemos cumplido a rajatabla.


Los padres de la época de la guayaba nos hemos encargado de darles “todo lo que nuestros hijos necesitan”, de que nada les falte.


La generación de la guayaba desarrolló un comportamiento opuesto al de sus propios padres; no obstante, existen personas de la misma generación que repiten la conducta de sus padres, en otras palabras, educan a sus hijos tal como los educaron a ellos en la ley del látigo y la dictadura. Aunque, sin temor a equivocarme, creo que son más escasos. De todas formas, ambos tipos de padres están ubicados en los extremos, lo cual para el inconsciente significa lo mismo, es decir, ambos se encuentran lastimados y proyectan su dolor no reconocido en sus hijos. Algo que es denominado como “la sombra”, un efecto emocional que se proyecta en nuestra realidad de acuerdo al grado de inconsciencia.


Después de esta descripción que, aunque no pormenorizada, pero sustanciosa; me voy a permitir hacer hincapié en las causas emocionales para que la generación de la guayaba, eduque a sus hijos de la forma enunciada. Las promesas que nos hicimos en aquellos momentos de agitación emocional se han quedado impregnadas en nuestro inconsciente y han prevalecido a la hora de levantar a nuestros hijos, nos han obligado y siguen “sometiéndonos” con su dolor. Muchas madres han salido de sus casas a buscar el dinero para darle a sus hijos “todo lo que necesitan” e impedir que “sufran la carencia que yo sufrí”. También ha “sometido” a muchos padres a realizar largas jornadas de trabajo con el mismo propósito. En cierta ocasión escuché a una mujer de dicha generación decir: —yo trabajo para darles a mis hijos los regalos de navidad— y cuando se le preguntó si les daba muchos regalos, dijo: —les lleno la casa de regalos, de tal manera que en todo el año están estrenando juguetes y hasta los terminan regalando sin abrirlos. Esta mujer representa la frustración de muchos niños nacidos en los 60’s o 70’s que en navidad se quedaban con las manos vacías, con muy poco o simplemente, con la decepción de no recibir lo que pedían.


¿Cómo se han educado los hijos?

Los hijos de la generación Y, Z y AA por lo general, se han educado en la soledad del hogar; donde los padres están muy ocupados trabajando para “que no les falta nada”. La ausencia de los progenitores en este tipo de familias ocasiona una relación de culpa- odio; la culpa es de los padres, puesto que a pesar de darles “todo lo que necesitan”, los marginan de su compañía, su tiempo, afecto y amor; ahora, el odio o rabia es de los hijos, que siguen igual que sus padres, en carencia. Se ha repetido la historia, los mismos dolores emocionales de la infancia, esto es lo que se llama “proyección”. Todo lo que hay en la mente es lo que se constituye en realidad. La proyección se aplica tanto para los que repiten el comportamiento, como para los que hacen lo opuesto a sus padres. Son polaridades fraguadas por el resentimiento, la culpa, la tristeza, el temor o el fastidio que todavía habita en su mente inconsciente. Los hijos de esta generación están embebidos de las mismas emociones, sienten rabia hacia sus padres y estos se preguntan: —¿Por qué? Si yo le he dado todo, no lo he maltratado, lo he consentido, le he dejado hablar y, sin embargo, parece odiarme, me ofende, me irrespeta, me lastima.


La generación de la guayaba que continua sin sanar y se excede en disciplina o no pone límites a sus descendientes, requiere reconocer que están maltratándolos. La violencia tiene diferentes caras, la negligencia es una de ellas, los hijos perciben la falta de límites y la persistente ausencia de los padres como: no me ama, me desprecia, no le importo, no quiere estar conmigo. Los padres nacidos en estas épocas suelen brindarse a sus hijos como amigos, hermanos e incluso son hijos de sus hijos, y en el caso de los padres dictadores, sus descendientes los perciben como un mandatario o un jefe impositivo. Ambos marginan a sus hijos de tener un padre o una madre, justo lo que necesitan.


Queridos padres y madres de la generación de la guayaba: se pueden corregir y reparar los errores cometidos, por experiencia propia lo asevero. Quiero ser una voz de reflexión y esperanza para aquellos que todavía se encuentran inmersos en dicha proyección emocional con sus hijos. Reconocer es el primer paso para liberar y cambiar dichas emociones y sanar. Estas heridas son las que no te permiten ser padre o madre en todo el sentido de la expresión. Este artículo es la recopilación, fruto de la experiencia personal cuando creí que “perdía” a mi hijo mayor, lo cual fue la campanilla que me hizo despertar y reflexionar sobre mis errores. Unas consignas que ahora deposito en este escrito a la espera de ser la campanilla que un día me sacudió a mí e hizo ponerme manos a la obra.