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Perfiles

Empresario venezolano John Martínez: «Si lo puedes imaginar, puedes lograrlo y cada átomo de mi cuerpo cree eso»

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Arelys Goncalves


Más allá de su imagen empresarial como uno de los nombres más sonados en la industria de eventos en el Reino Unido, la personalidad de John Martínez se desprende de un fascinante rompecabezas creado, pieza a pieza, por una particular fusión entre la humildad de su niñez, la inmensa compasión de su madre y los pilares que han

representando cada uno de sus hermanos.


Escuchar su historia llena de vivencias conmovedoras y de experiencias que pueden tocar las entrañas hasta del más indiferente, es un acto aleccionador. Sus primeros años de vida en la década de los sesenta en una de las zonas más pobres de Caracas, Los Frailes de Catia, giran en su cabeza como una película a la que se ha aferrado para vivir y salir adelante. Aun cuando su vivienda era una pequeña casa hecha de lata y cartón piedra en un cerro caraqueño, su madre, había decido ayudar a otros y adoptó a 14 niños que no tenían hogar y que se convirtieron en sus hermanos, sus cimientos, sus mejores modelos.


Su vista se nubla al hablar de aquellos años en los que había que trabajar duro, obligados por la necesidad pero

impulsados por un motor poderoso, su mamá, que los mantenía creyendo en que todo era posible mientras la

dedicación y el empeño iban juntos. Según describe el propio John, lo único determinación, estaba convencida de se

podía y así logró que, aun sumidos en la pobreza, todos fueran a la universidad. Mientras estudiaba incansablemente

y devoraba libros en casa, a los ocho años John también trabajaba limpiando y llevando agua a las flores de las tumbas en el cementerio. La risa se dibuja en su rostro al recordar aquellos días. Aunque fueron años marcados por el sacrificio, a su mente solo vienen el sonido de las risas, los juegos, los momentos alegres que no eran pocos en aquella casa repleta de gente cargada de entusiasmo y ganas de superación.


John compartió con Express News su extraordinaria historia, una trayectoria llena de inimaginables desafíos, 

sacrificios, estudios, de maravillosas anécdotas y viajes que describen a un incansable profesional, pero por sobre

todo, a un venezolano que lejos de su frontera quiere transmitir esperanza a un país que teme perderla.


¿Qué es lo que más recuerdas de esos días de la niñez?

Recuerdo que en mi casa lo que hacíamos era reír y había mucho sentido del humor. Éramos y somos un grupo muy unido. Mis hermanos más grandes eran unos titanes. Si yo pudiera poner en el diccionario una imagen al lado de la palabra hombre -una pausa para esconder su emoción- pondría la foto de mi hermano William. Él no tuvo niños por encargarse de nosotros. A los doce años tenía que ser un hombre.


¿Cómo logró tu mamá salir adelante con ustedes?

No sé como lo hizo. El volumen de estrés debió haber sido muy fuerte. No saber de dónde iba a salir el próximo plato de comida y tener todas esas bocas que alimentar, debió haber sido muy duro. Pero, por alguna razón, nunca 

pasamos hambre, siempre hubo comida.


¿Qué te llevó a un colegio militar en Estados Unidos?

Por ser muy buen estudiante, a los 11 años me dieron una beca para estudiar en la New York Military Academy y me fui solito. Era un colegio internado y para los otros venezolanos que estaban allí era una prisión pero para mí era buenísimo porque tenía colchón, podía comer todo lo que quería, tenía agua que salía del chorro y un cuarto para mí solo, mientras que en mi casa el sentimiento de propiedad no existía. Allí todo era de todos. Nueva York me mostró que había otro mundo.


¿Cómo te adaptaste a ese cambio?

Los primeros seis meses fueron duros. Pasé trabajo con el inglés pero después me recuperé. Lo más difícil fue el bullying porque era el más pequeño y estaba muy avanzado de grado para la edad. Allí la regla era «sálvese quien

pueda» y aunque había mucho control, cuando se apagaban las luces era un desastre. Me dieron mucho golpe y yo

no estaba preparado para pelear contra el mundo de esa manera. No tenía esa malicia. Me costó mucho decirle a mi

mamá pero al final lo hice y ella me ayudó. Comencé a defenderme para que me respetaran. Después peleaba pero

para salvar a mis amigos. Después no le tenía miedo a nadie.


¿A qué edad comenzaste la universidad?

Aprender era una cuestión tan apasionante para mí que me llevó muy joven a la universidad. A los 13 años, todavía como estudiante de la academia militar, me ofrecieron una beca en Columbia para estudiar Computación y a los 15 años me estaba graduando. Luego, a esa edad tuve la oportunidad de obtener una beca para hacer un doctorado en la MIT (Massachusetts Institute of Technology) y lo hice. Yo quería seguir en computación pero si estudiaba física cuántica me ofrecían una beca mejor y entonces decidí cambiarme. Igual que la carrera de computación, hice el doctorado en menos tiempo y lo terminé a los 19 años.


¿Qué significó para ti tener un doctorado antes de los 20?

La verdad, yo no le haría eso a mi hijo. Yo lo que hacía era estudiar, no tenía vida, no entendía del mundo, me

la había pasado entre libros toda la vida. Sabía que había algo de liderazgo dentro de mí, por mi mamá y mis

hermanos, tenía esos muy buenos ejemplos, mas no sabía vivir, no tenía habilidades para comunicarme con la gente.


¿Por qué cambiaste la ciencia por la organización de eventos?

Cuando estaba todavía en el MIT, la compañía sueca de organización de eventos, Congrex, estaba haciendo una

conferencia y buscaba a alguien para trabajar con sus computadoras. Yo iba a hacer una pasantía en la NASA

después del verano, y acepté irme con la compañía a Estocolmo a trabajar antes de la pasantía. Fui y me enamoré

de la gente, del mundo y me di cuenta que el algoritmo más fascinante era el humano. Quería ver cómo este

muchachito de Catia navegaba el mundo para sobrevivir. Así que decidí dejar la pasantía de la NASA y no volví

nunca más a la ciencia.



¿Cómo te convertiste en el empresario que eres ahora?

Yo nunca esperé que mi sueldo pagara por mi vida o mi crecimiento económico, sino que me ayudaba a vivir. Pero con este trabajo en eventos tenía que viajar mucho, Congrex me mandó a Singapur, a Tailandia, a Malasia, a

Dinamarca, y eso para un chamo de poco más de 20 años era un sueño. Trabajé con ellos hasta el año 97 y cuando estaba en Holanda, luego de 13 años de estar con la misma compañía, quise independizarme y formé mi propia empresa, Shocklogic.


¿Qué tipo de trabajo realiza Shocklogic?

Shocklogic es una compañía de apoyo a organizadores de eventos. A nivel mundial, yo soy uno de los expertos en tecnología para eventos y estamos en muchísimas conferencias, convenciones médicas y eventos de entretenimiento. Desde el 2009 somos independientes y seguimos siendo líderes en nuestra área. Ahora estamos entre los tres mejores, y mi nombre aparece entre los 100 Movers & Shakers en eventos del Reino Unido. Es una compañía internacional, con clientes en Nepal, Sudáfrica, Shanghái, Venezuela, Colombia, Uruguay, Panamá, Salvador

y México.


¿Qué es lo que te ha hecho sentir más orgulloso de todo lo que has logrado?

Mi orgullo más grande es mi hijo Johnny y mi relación con él, incluso trabajamos juntos, él forma parte de nuestro equipo.




¿Te imaginaste alguna vez que llegarías tan lejos?

No sabía a dónde iba a llegar, pero sabía que todo era posible y estoy totalmente claro que esto no es ni la mitad del camino.


¿Cuáles son los retos a futuro?

Creo que voy a meterme en política, pero no aquí, en Venezuela.


¿Por qué te interesa la política?

Es muy triste lo que está pasando en mi país y pienso que es importante que la gente escuche historias de éxito,

que sepa que sí se puede. Yo vengo de recoger las verduras que se caían en el suelo del mercado, de trabajar

duro, pero también de una Venezuela en la que se podía y estoy consciente que ahora también se puede. Hay que

rescatar la relación entre la disciplina y la constancia. Nosotros, 15 chamos de todo tipo de orígenes y todos salimos

buenos, eso no tiene que ver con la naturaleza, tiene que ver con la crianza, viene de la casa. No pasa lo que quieres

solo con desearlo, lo único que produce resultado son las acciones. Cuando uno se reta ocurre una cosa 

espectacular, el cerebro produce nuevas soluciones y lo que haces se transforma en pasión. 


Con una familia tan unida, ¿te ha afectado vivir fuera de tu país?

Durísimo. Nadie quiere ser inmigrante. Te hace falta el otro lado de la vida que no es el reconocimiento sino el calor humano. Lo más duro es tratar de ser entendido y no hay nadie que te entienda como tu gente. Ser malinterpretado es quizás hasta más duro.


¿Qué significa para ti la palabra Venezuela?

Amor -suspira y repite la misma palabra varias veces- Yo soy un creyente en Venezuela y en los venezolanos.


¿Cómo definirías tu propia historia?

Definitivamente no es de tristeza. Es una historia llena de alegría, de esperanza, éramos bombardeados desde el primer momento con un mensaje de motivación para lograr cualquier cosa, si lo puedes imaginar, puedes lograrlo y

cada átomo de mi cuerpo cree eso.