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«En la nave de los necios vamos todos»

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Pato Bosich es chileno, y salió de Santiago en 1998, cuando apenas tenía 19 años. Define su elección como la de un «emigrante cultural», porque desde chico sentía a Europa como «la tierra prometida de las artes», y apenas pudo se lanzó a su conquista. Llegó a Europa de manera más o menos irregular (como casi todos llegamos), y anduvo por Suiza (la excusa para venir, dice, a través de un trabajo voluntario en una universidad) y luego erráticamente y haciendo autostop con múltiples «paradas artísticas», hasta un «invierno catártico» en Berlín.


«Llegué finalmente a Londres – cuenta – en un momento en que estaba un poco cansado de despertarme todos los días en lugares diferentes, y sentía que necesitaba cierta calma». Así que, imprevisiblemente, terminó por quedarse, y de eso hace ya unos quince años. Aquí ha desarrollado su pintura, un desarrollo que se relaciona absolutamente con su frecuentación de otras pasiones como la literatura, o la filosofía misma.


En estos días, el artista chileno trabaja en una serie de cuadros de grandes dimensiones basados en la Nave de los necios, un mitologema artístico y filosófico de larga tradición, cuyo antecedente más eminente está en el propio Hyeronimus Bosch a fines del siglo XV. The ship of fools se suele traducir más habitualmente como La nave de los locos, pero como Pato explica, la significación de fool en inglés es más ambivalente, remite no solo a la idea del loco, sino a la del que tiene cierta sabiduría visionaria, también al bufón, que es el que era capaz de decirle al rey las verdades que nadie podía decirle. Por eso él prefiere la primera denominación, al menos en la relación con su propia producción. «Es como si fuera el tema el que me está pintando a mí – explica – y por eso tengo que andar con cuidado». «Porque al final – bromea – me he dado cuenta que esa nave de los locos o los necios, es casi como una especie de autorretrato».


Hace algunos años había sentido el impulso de pintar mujeres con barcos, pero hasta ahora no había vislumbrado la posibilidad de que esos barcos fueran una metáfora, «el espacio existencial donde flotamos». Siempre contrastado con el mar, que es lo desconocido por excelencia. Gordon Pym, el Capitán Ahab, Ulises y otros famosos viajeros existenciales, siempre habían actuado dentro de su cabeza. Y el cuadro de El Bosco, visto por primera vez en una reproducción en blanco y negro, completó el disparador. «Yo quería crear de entrada un sentimiento de absurdo – explica frente al primer cuadro de la serie – y para ello hay una contradicción flagrante entre el barco y el fondo. El barco es algo para viajar, pero esta nave está navegando en una especie de charca, un estero con plantas y rocas, donde evidentemente no se puede ir a ninguna parte. Esta es una premisa de la serie: en cada cuadro, la barca está en diferentes espacios, porque cada viaje es diferente. También en este primer cuadro se ve otro elemento que quiero remarcar: que la pintura es el producto de muchas épocas diferentes, y por eso hay personajes que remiten a otros pintores, como ese que remite al jugador de cartas de Chardin, que al mismo tiempo sugiere el juego con la figura del doble. También hay allí una referencia directa al Bosco, en el pájaro, aunque el pájaro no está en La nave de los locos sino en El jardín de las delicias. Y hay esa figura que es una especie de mascarón de proa, que es como un
fantasma que busca liberarse, y que se va a ver repetida con variantes en casi todos los cuadros».


La serie tiene, por ahora, seis cuadros, de los cuales el de mayores dimensiones es un díptico que, para Bosich, representa «el hedonismo, entendido como un dejarse ir y estar bien, estar concentrado en un mundo propio sin estar pendiente de lo que ocurre alrededor». Un planteamiento que se expresa a través de dos figuras de mujeres en una playa, pintadas en un registro muy realista, pero que contrasta con una barca «convertida en un caldero de sueños» de donde emergen varias figuras fantasmales, oníricas. «En estos seis cuadros yo he encontrado una especie de apoyo mutuo, una representación que se complementa entre ellos, aunque seguramente seguiré pintando más en esta línea», aclara. En estos días, las seis pinturas formarán parte de una muestra privada organizada por un coleccionista, pero el artista espera poder exponerlas antes de fin de año en alguna galería de manera más pública.


Otra de las pinturas se caracteriza por el velamiento de los espacios que se relacionan con la visión de los personajes, con una clara referencia a la «ceguera» o al menos a la imposibilidad de tener claro lo que vemos. Esta es, significativamente, la más «oscura» de las pinturas. Y así, cada uno de los cuadros, al mismo tiempo que remite a la totalidad de la serie, adquiere un punto de vista diferente de sugerencias y significaciones. Y en todos, una sensación abrumadora se impone: no vamos a ninguna parte. «Se trata de navegar, es la navegación y no el destino lo que vivimos realmente – señala – Y no es que yo sea un pesimista, todo lo contrario, pero sí que este mensaje es un llamado a vivir el presente, a comprender cada momento como irrepetible, y admitir que la idea de navegar es más importante que la idea de llegar. Ya no hay tierra sólida donde afirmarnos, de modo que el verdadero mapa de la vida es el océano. Y de todas maneras, en la barca de los necios vamos todos».