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Cultura

​Identidad, territorialidad y nueva literatura latinoamericana

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Enrique D. Zattara

www.elojodelacultura.com




Nancy Calomarde es argentina, especialista en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Córdoba. Trabaja actualmente en un proyecto de investigación acerca de las transformaciones en la narrativa de los autores latinoamericanos posteriores al famoso “boom” de la segunda mitad del siglo XX. Desde Lovaina, Bélgica, en donde se encuentra desarrollando un seminario sobre el tema, se acercó unos días a Londres donde pudimos conversar con ella.

- El eje del curso que estoy desarrollando en estos días – aclara Calomarde – es el problema de la territorialidad en los escritores latinoamericanos de los últimos cincuenta años, a partir del momento que entra en crisis el que solemos llamar “proyecto crítico del latinoamericanismo”, que significaba pensar en unas producciones y unos tópicos que podían ser remitidos a un proyecto de identidad continental. Este “proyecto” eclosiona de algún modo a fin del siglo, y esa problematización es precisamente el campo que me interesa explorar.


Para situarnos concretamente, ¿de qué autores estaríamos hablando?

Pienso en los autores que constituyeron el “boom” –Cortázar, Donoso, García Márquez – cuyos libros de alguna manera están intentando constituir un espacio metafórico de lo latinoamericano (Comala, Santa María, Macondo), esas grandes espacialidades que condensaban un fuerte espacio simbólico de la territorialidad y la identidad latinoamericana.


Tú dices que esa hegemonía se rompe hacia fines del siglo XX. ¿En dónde ves esa ruptura, y cuál sería entonces el producto que surge en el marco de esa crisis del proyecto cultural?

Creo que hay varios procesos, que empiezan a gestarse en realidad ya a mediados de los ochenta. Ocurre en la medida en que esa pulsión latinoamericanista, fuertemente identitaria, empieza a decaer al mismo tiempo que decae el proyecto latinoamericanista global, que fue una pulsión gestada en las luchas contra las dictaduras, en el exilio de autores que necesitaban recuperar una pertenencia común. Cuando la coyuntura histórica comienza a modificarse, este proyecto intelectual parece empezar a perder vigencia. Simultáneamente, a principios de los noventa se produce la infiltración de dos factores determinantes en el ámbito intelectual de los estudios literarios: por un lado el auge de la corriente de los Estudios Culturales, que nace en Gran Bretaña pero se asienta rápidamente en los Estados Unidos y ejerce una gran influencia en la nueva crítica, que pone en cuestión el concepto mismo de Literatura y abre la posibilidad de pensar a Latinoamérica desde otros paradigmas; y paralelamente la irrupción del neoliberalismo en la cultura, que hace astillar los paradigmas propios de mediados de siglo basados como decíamos en la idea de una identidad común latinoamericana. Comienzan a aparecer grupos y colectivos de poetas o narradores que problematizan la idea de Latinoamérica. ¿Existe Latinoamérica como tal?, empieza a ser de alguna manera la nueva pregunta. Y además incorporan una serie de elementos novedosos como la tecnología, la virtualidad, las diásporas que ya no son sólo exilios políticos, el multilingüismo. Y sobre todo comienzan a registrar de otra manera la heterogeneidad de las grandes urbes latinoamericanas, donde la integridad de las identidades se resquebraja claramente.

Quizás por pensar en un escritor paradigmático de este quiebre podría ser Volpi, que tiene precisamente un libro, “El insomnio de Bolívar”, donde dice muy directamente, y muy polémicamente claro, que Latinoamérica no existe. Podríamos pensar también en los escritores de la diáspora cubana que se nuclean a fines de los 90 en Madrid, que desarrollan una obra, y una teorización sobre la literatura, intentando romper con la idea de literaturas nacionales o incluso literatura continental, vinculada al mito teleológico del destino de redención latinoamericanista. Y no deja de ser significativo que emerja en el seno de una cultura tan atravesada por la mitologización de la Revolución, que es un tópico que domina claramente toda la cultura latina de mediados del siglo XX. Pensemos que, al menos en un primer momento, existe una adhesión muy fuerte de la intelectualidad latinoamericana al proyecto revolucionario cubano, uno podría decir que en la segunda mitad del siglo, decir intelectual y decir izquierda en Latinoamérica era casi lo mismo. Pero esa matriz se astilla en los noventa, no sólo en el campo político sino en el de la cultura, y comienza a ponerse en cuestión toda esa teleología, esa historicidad sobre la que se basaba el proyecto cultural hegemónico.


Aunque parezca un final un poco abrupto, tengo que preguntarte cuál sería entonces el panorama actual de la literatura latinoamericana.

Lo que yo estoy estudiando, precisamente, es la manera en que prolifera en los escritores de origen latinoamericano el cuestionamiento precisamente a ese concepto, el de “literatura latinoamericana”. Predomina actualmente un cuestionamiento a esa territorialidad, no concebida como localización geográfica sino como esa especie de “pacto cultural” identitario que predominó en la segunda mitad del siglo XX. Esto se hace desde muy diferentes opciones estéticas. Por un lado está lo que Ludmer llama “la realidad-ficción”, esta ruptura de los bordes entre realidad y ficción, una búsqueda que algunos ya han calificado de “etnográfica”. Y por otro lado tenemos búsquedas que van por el lado de la performance, de las estéticas neobarrocas. Pero en general, según yo veo, en todas ellas predomina la discusión alrededor de la idea de qué es ser “latinoamericano”, de redimensionar esa identidad basada en una teleología territorial. Y también la idea del “work in progress”, de hacer visible el carácter procesual de la propia escritura, poniendo en cuestión la noción de subjetividad, la noción de territorialidad, y en esencia, la propia noción de “literatura”.