19 °C
Perfiles

​Isabelita Forero: "Si podemos hacer algo para aliviar la necesidad de nuestra gente, valdría la pena intentarlo"

|


La labor que realiza ha logrado pasar las fronteras hasta llegar a Latinoamérica y su espíritu de hermandad y colaboración se ha contagiado entre la comunidad latina que ha querido seguir su ejemplo. Con noventa años, Isabel se niega a retirarse, por el contrario, aspira seguir trabajando con su grupo de oración "Luz y vida" para continuar ayudando a quienes más sufren y ofrecerles una oportunidad para salir adelante.


Por Arelys Goncalves



A sus noventa años de edad, Isabelita, como la llaman cariñosamente sus amigos más cercanos, luce radiante, sonriente y llena de vida. Con una energía admirable que transmite sin reservas a quien está a su alrededor, ella ilumina la pequeña sala de su vivienda con su sencillez, bondad y devoción religiosa. Tras toda una vida dedicada a la enseñanza, su voz pausada y segura deja ver la inmensa experiencia que guarda, y su mirada optimista demuestra las ganas que tiene de seguir trabajando, seguir dando su pequeño aporte a quien lo necesita, sin limitaciones, ni egoísmos.

Cambiar Bogotá por Londres no estuvo nunca en sus planes, fue un hecho que tal vez nunca imaginó, especialmente a la edad en que se atrevió a emigrar. Ya tenía setenta años cuando llegó al Reino Unido con sus maletas. "Yo no decidí venirme, mis hijos me arrastraron", explica a manera de anécdota. Hace varias décadas sus dos hijas y su hijo vinieron a Londres a estudiar inglés y luego decidieron quedarse definitivamente. Pasaron los años y, tras la jubilación de Isabel, ellos la convencieron de venirse a Londres para que no estuviera sola en Bogotá. "Allá en Colombia solo tenía a mi hijo que trabajaba como piloto, pero estaba casado y ya no vivía conmigo".

Confiesa que la experiencia fue un desafío para ella: "Los primeros meses son extraños, por el idioma, pero uno no se queda allí estancado, esperando que lo cojan de la mano y lo lleven. Yo salía cuando mi hija Betty se iba a trabajar para conocer la ciudad. Procuraba no perderme, pero me la pasaba en la calle", recuerda. Se inscribió en clases de inglés para la tercera edad. "Iba a las clases y estudiaba pero ya estaba desaplicada para estudiar", relata. Para ella era difícil volver otra vez a las tareas, los grupos, "pero tenía a mis nietos que me corregían: 'abuelita, eso no se dice así' ", comenta sonreída.

Vivió sus primeros años al oeste de Londres con su hija Betty. Posteriormente decidió mudarse a una zona en la que funcionaba un centro dedicado a la tercera edad para participar en las actividades. A ella le asustaba la idea de quedarse en la casa sin hacer nada y aburrida, "yo he sido inquieta siempre, toda mi vida muy independiente". Gracias al apoyo de una organización latinoamericana logró conseguir un lugar para vivir en Seven Sisters. Allí, haciendo nuevos amigos, la nostalgia por estar lejos de su país se fue aliviando: "aquí me hice la vida. Es decir, como que me adapté y aquí estoy", dice satisfecha.


El grupo Luz y Vida

Poco a poco y sin proponérselo, Isabelita fue dándose a conocer y cada fin de semana se iba sumando más gente a las reuniones que realizaba en su casa para rezar y compartir su devoción por la religión católica. Así surgió el grupo de oración Luz y Vida. El pequeño salón del apartamento no era suficiente para recibir a tanta gente y gracias al apoyo de la comunidad y del lugar en el que vive, pudo disponer de un espacio más amplio y cómodo. Con los años se han ido uniendo cada vez más personas, no solo de la tercera edad, sino jóvenes de diversas nacionalidades.

Desde hace unos 16 años ella ha estado liderando esta convivencia que cada semana cuenta con el respaldo de familias colombianas, ecuatorianas, bolivianas, mexicanas, españolas, entre otras, que desean compartir sus inquietudes y dar su aporte a la comunidad. "Nosotros hemos hecho almuerzos y cafés de caridad, barbacoas, rifas, todos esos bochinches que se organizan para poder mandar una platica a los ancianatos, orfelinatos y hasta para el instituto de ciegos de Bogotá". En la actualidad el grupo está conformado por unas 30 personas que colaboran activamente en las actividades. "En el grupo se hace caridad, se ayuda y se da apoyo a la gente mientras se pueda, no importa quien sea", explica Isabel.

Para ella no hay límite, ellos están abiertos a quienes necesiten una mano. El grupo no depende de ninguna institución por lo que el aporte no es muy significativo pero "aquí cada quien saca sus dos libritas para colaborar", comenta. Su esfuerzo seguirá latente mientras ella tenga fuerzas: "Uno mientras viva debe tratar de servir. Algo hay que hacer, siempre hay gente a quien ayudar, sobre todo moralmente, hay personas que les llora el alma y no tienen a quien decirle. A estas horas de la vida eso es lo que hago. Pasar por el mundo y haber servido de algo", afirma con una convicción tan apasionada que contagia. "Cuando me llaman y me dicen que quieren venir a verme, entiendo que tienen algún problema y los atiendo y lloramos cuando hay que llorar y hablamos y buscamos las soluciones".

Piensa que todavía hay mucho trabajo que hacer y reconoce que entre tantas propuestas siempre hay alguna que queda sin lograrse. Para ella sería de gran ayuda que más gente se involucrara y conformara este tipo de agrupaciones en las que la misma comunidad une sus esfuerzos para ayudar a sus compatriotas: "Hay mucha gente necesitada en nuestros países en Latinoamérica y si podemos hacer algo para aliviar la necesidad de nuestra gente, valdría la pena intentarlo", afirma convencida.

Tras varios años de labor humanitaria y social, está convencida de que cada granito de arena, cada esfuerzo, cada aporte cuenta y puede lograr un cambio y aliviar la tristeza y las penurias de la gente: "siempre he querido ayudar porque he estado muy cerca de la gente necesitada y he visto las angustias que sufren".

Sus inquietudes por el trabajo de caridad comenzaron a alimentarse en Colombia, luego de su retiro definitivo de la enseñanza. Recuerda que antes de vivir en Londres tenía un pequeño grupo de oración dedicado a obras de caridad y organizado por la iglesia. En la noche iban a los barrios pobres de Bogotá a llevar alimentos, medicinas y ofrecer atención médica y apoyo moral cuando era necesario. Tal vez eso es lo que más extraña de la vida en su país, ayudar a su gente.


Profesora a los 15 años


De su vida en Bogotá recuerda con mucha nostalgia y claridad su niñez y adolescencia que de alguna manera marcaron su vida y carrera profesional. A muy temprana edad perdió a su madre y estuvo bajo la tutela de su padre, un hombre de mucho respeto y de carácter recio. Además, "soy hija única. Eso es complicado, le cuento, porque todo recae en uno, la única que juega, la que dice mentiras, la que se vuela de la casa, todo eso", explica. Pasó la mayor parte de su infancia en colegios internados y aunque no tuvo muchas libertades, recuerda que la experiencia fue positiva. "Yo vivía con mi papá y él, pobrecito, no sabía qué hacer conmigo", comenta y está segura que gracias a esa disciplina ella salió adelante y comenzó muy joven sus estudios universitarios. En aquellos años, cuando Isabel era una adolescente, ir a la universidad era un hecho trascendental. "Fui de las primeras niñas que fueron a la universidad, eso fue una novedad porque iban los hombres pero las mujeres no", recuerda orgullosa.

Estudió dos años en la Universidad Pedagógica de Bogotá y a los quince años comenzó su primer trabajo como profesora en una escuela. De esa primera experiencia recuerda los nervios que sintió por lo joven que era y cómo jugaba con las otras niñas durante el recreo. Algunos llegaron a pensar que era una estudiante más de la escuela y no una profesora. Era todavía una niña aprendiendo a valerse por sí sola: "yo no sabía ni cómo tomar el bus", dice y recuerda que fue una profesora la que le enseñó cómo usar el transporte urbano.

Se dedicó a la educación pública por mucho tiempo y tras su jubilación no quiso quedarse en casa de brazos cruzados. Por el contrario, decidió seguir trabajando y estuvo por 20 años en el colegio de Secretarias de Bogotá en el que fue incluso directora de la institución. "Yo no he descansado, fueron 40 años trabajando", resalta.


Agradecida con la vida


Isabel no se asusta con la edad, es una persona muy activa, inspiradora y entusiasta. Sus años en la educación le han dejado valiosas experiencias, además de la admiración de un sinnúmero de estudiantes que pasaron por sus clases. En Londres, lejos de su tierra, también ha logrado ganarse el respeto de gente que valora su esfuerzo y agradece su dedicación. Sin embargo, para ella, el reconocimiento no es tan significativo como el hecho de ayudar a quien necesita. Eso es lo más importante para ella. Su grupo se ha vuelto parte fundamental: "no hago nada por obligación, me siento bien con lo que hago", asegura. Aunque estar al frente de un grupo amerita responsabilidad, compromiso, dedicación y sin esperar nada a cambio, ella lo hace con un descomunal placer y asegura que los logros son de todos los que colaboran con ella.

Pese a que ha tenido momentos muy duros y difíciles en su vida, como la pérdida de algunos de sus seres queridos, ha aprendido que frente a las dificultades siempre hay que buscar la manera de salir adelante: "Uno tiene que hacerle frente a todo", afirma. Al final del día, ella se siente agradecida por la suerte de tener a una comunidad que la respalda y que hace posible cada pequeña contribución. Se siente feliz por la vida que ha tenido, por sus hijos, por su padre y aunque extraña su país, Isabel se siente tranquila: "estoy contenta de vivir aquí, mi gente está aquí, entonces se alivian los problemas hasta donde es posible y se comparte".