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¿Sabías que tus mimos también le alimentan?

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A tu bebé le encanta comer en tu regazo  


Hasta que pueda mantenerse sentado en la sillita de bebé, tus brazos le darán de comer.


Por Wilfredo Oseguera


woseguera@hotmail.com


En cuanto tu bebé empieza a tener hambre, se siente muy mal. Él aún no sabe qué le ocurre, pero a medida que va pasando el tiempo, su respiración se hace más agitada y, al no ir en coordinación con su llanto, se sofoca. El pequeño nota una intensa sensación de vacío en el estómago que le produce mucha angustia; tanta, que necesita agitar los brazos y las piernas para desahogarse. Su mundo interior se ha desestabilizado y el niño vive el ambiente que le rodea de la misma manera, hostil y amenazante. Por eso es fundamental que, siendo tan pequeñito, des de comer a tu hijo en cuanto le llegue la hora de la toma para ahorrarle sufrimiento y malestar. Y que lo hagas acurrucándolo entre tus brazos será mucho mejor.


Es la posición ideal


Entre los 3 y 6 meses ve a su habitación y levántale de la cuna despacio, mientras le dedicas con voz dulce unas palabras cariñosas. El simple hecho de oírte le va tranquilizando y al levantarle con cuidado le avisas que algo va a cambiar, lo que también le ayuda a calmarse. Después dale el pecho, el biberón o la papilla de cereales abrazándolo con mucho mimo. A partir de ese momento su situación de malestar cambia, por diferentes motivos:


Porque el alimento calma su hambre, lo que hace que sus ritmos cardiaco y respiratorio se normalicen, su sensación de vacío en el estómago desaparece  y su llanto e irritabilidad cesan enseguida.


Porque la postura ventral en la que le mantienes, su vientre contra el tuyo o contra tu pecho, le relaja y así, sin nervios, puede comer más y asimilar mejor todo lo que toma. De hecho, esta postura, denominada «de abrazo» por los psicólogos, es la muestra de cariño que más nos consuela a los humanos siempre que estamos angustiados, desde bebés hasta la edad adulta.


Además, esta postura facilita la deglución y la asimilación de los alimentos, ya que así es más difícil que el pequeño coja aire y que se atragante.


Y también es un estímulo perfecto para sus sentidos (te ve, te huele, te toca...), para fortalecer la unión contigo y para enseñarle a relacionar la comida con un momento agradable y placentero, lo que es fundamental para que, ni ahora ni cuando sea más mayorcito, tenga dificultades para comer.


Por todo lo dicho, disfruta de estos meses en los que todavía puedes dar de comer a tu pequeño en tu regazo, porque se acaban pronto.


De tus brazos, a la trona


A partir de los 6 o los 7 meses, tendrás que alimentarle sentado en la sillita de paseo, porque se moverá más y si le tienes encima, es seguro que meterá la mano en el plato y acabarán los dos pringados de comida.


Y entre los 7 y los 9 meses, una vez que se mantenga sentado sin ladearse, lo ideal es que le des de comer en la trona. Ésta te permitirá acercarle a la mesa familiar con todos, lo que será una ocasión perfecta para que el niño se sienta uno más del clan, vaya asimilando la idea de la comida como acto social y tome nota de cómo debe comportarse en la mesa, para qué sirven los cubiertos, por qué es bueno tomar diferentes alimentos...


¡No lo hagas!


Jamás le des de comer manteniéndole tumbado  en la cuna o en el cochecito, y mucho menos si está dormido. El reflejo de la tos también se adormece y así es mucho más fácil que se atragante.


No te acostumbres a darle de comer cada vez que llora, porque puedes causarle problemas estomacales, además de hacerle propenso a la obesidad. Si come bien, es raro que tenga hambre antes de que le toque la siguiente toma. Comprueba si su llanto puede deberse a que tiene frío o calor, o a que está mojado... Y si efectivamente observas que necesita comer cada muy poco tiempo, pregunta al pediatra si ha llegado el momento de aumentar o diversificar la dieta que le estabas dando hasta ahora.


¡Qué interesante!


Investigaciones recientes no dejan lugar a dudas: los brazos y el amor de la madre alimentan tanto como la comida. La prueba evidente de ello es que, después de una guerra, los niños que son acogidos por familias, aunque sean muy pobres y sólo les ofrezcan lo imprescindible para comer, se desarrollan más rápida y equilibradamente que los pequeños que permanecen recluidos en los orfanatos.