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Anatomía de la melancolía de un argentino viajero

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 Los poetas Enrique D. Zattara y Eduardo Moga leerán sus obras el próximo jueves 27 de agosto en el Cabaret Literario organizado por El Ojo de la Cultura y Battersea Spanish


Francisco Ruiz Noguera


En el poema «Mi primo era un gigante vestido de blanco», dice Enrique D. Zattara:


¿Qué hay en el mundo que no esté ya en nuestros sueños?/ Pero no basta: / somos héroes antiguos necesitados de aventura, / argonautas eternamente insatisfechos.


Quizá todo gire en torno a eso: la vida, la poesía como un proceso de búsqueda, un afán impulsado por la insatisfacción. La imagen clásica –y mítica– del ser humano como un prometeico ladrón del fuego de los dioses se aviene muy bien con la naturaleza del poeta, así lo dejó escrito Arthur Rimbaud en Cartas del vidente: «le poète est vraiment voleur de feu».


El poema mencionado al principio pertenece a Bailemos, uno de los dos libros que Enrique Zattara reúne ahora en un solo volumen bajo el título general del segundo de ellos, Anatomía de la melancolía. «Mi primo era un gigante…» está incluido en la segunda de las cuatro partes que el libro Bailemos tiene, la que lleva por título –muy machadianamente– «Del pasado efímero».


Los territorios que busca ese «argonauta eternamente insatisfecho» –que es el ser humano, que es el poeta– pueden estar en la celebración –o en la crítica– del presente, en entablar un diálogo con el entorno a través de la palabra, pero también, en ocasiones, son territorios ya transitados, ya «vividos», que están en un pasado que la poesía –de todos los tiempos y culturas– pretende, si no revivir de nuevo, sí, al menos, tomar como interlocutor válido para, tal vez, explicar nuestro ahora.


En “Vedia, reunión de poetas”, un verso nos habla de «salvar el mundo con palabras»; creo que la intención aquí es clara: la palabra concebida como «arma cargada de futuro», a la manera de los presupuestos de la poesía social o comprometida; como clara me parece también esa mirada desencantada y tierna –desde el ahora– sobre el joven aquel de apenas veinte años (los verbos en pasado –«éramos», «estábamos»– son suficientemente reveladores al respecto). Lo que me interesa señalar es que esa atención a la palabra está muy presente en estos dos libros que aquí reúne Enrique Zattara, pero no se trata ya –sobre todo en el segundo libro– de una consideración redentora de la palabra en el sentido social, sino una indagación en las convenciones del decir (así, por ejemplo, en el primer poema de Bailemos: «Primera pregunta») o en los límites del lenguaje para expresar lo aprehendido (aunque la cuestión esté en si es posible la aprehensión de algo si no es, precisamente, por el lenguaje); estos plantea-mientos junto con la especie de extrañamiento ante el propio mecanismo y resultado de la propia creación («Ostrananie») o, incluso, la desconfianza en la posibilidad de indagación en el recuerdo («Mitología de la memoria», «Insomnio») hacen que este segundo libro –Anatomía de la melancolía– tenga una mayor carga conceptual, lo cual no hace, sin embargo, desaparecer lo cercano y lo afectivo