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Trabajar la palabra es labrar la conciencia

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Jordi Doce


Si algo caracteriza la escritura de Eduardo Moga, poeta, traductor y persistente agente de la cultura radicado actualmente en Londres, desde la aparición de Ángel Mortal, su primer poemario, es su acento apremiante, torrencial, la fuerza con que avanza por entre las paredes del poema hasta colmarlo, su carácter de río alborotado que bulle y se revuelve hacia su desenlace; pero un río, también, que no tiene intención de salirse de madre por mucho que lo instiguen. La exuberancia es parte sustancial de esta obra, uno de sus emblemas inmediatos, pero es siempre un exceso medido, riguroso, una forma –y las formas son aquí primordiales- de dejarse llevar sin extravío, de domeñar la luz sin apagarla, de mancharse de vida mientras se la mantiene a debida distancia, allí donde es posible leerla, releerla, descomponerla en versos y renglones.


El actor principal de estos poemas (antologados ahora en el volumen El corazón, la nada), la voz que los enuncia, es alguien que no ceja en su tarea de percibir y comprender el mundo, de indagar qué se esconde o qué persiste bajo la superficie mientras se hace preguntas intranquilas sobre el lugar que él mismo ocupa –el papel que interpreta- en ese mundo. Es, en ese sentido, un trasunto perfecto de su autor, una de las figuras más lúcidas y activas de su generación, que es la mía: crítico infatigable, traductor y editor influyente, todo un ejemplo para quienes le frecuentamos. Trabajar la palabras es labrar la conciencia, insistir en la senda de nuestra humanidad: lo que somos, lo que podemos ser. Moga lo sabe como nadie, y ha reaccionado dándonos algunas de las páginas más vivas y veraces –más intensas- de nuestra poesía última. Es posible que su mera abundancia y la tardanza relativa con que su autor las hizo públicas –tenía más de treinta años cuando sacó a la luz su primer libro- hayan ensombrecido a ciertos ojos su indudable valor. Son detalles triviales, que se disuelven como azucarollos tan pronto abrimos este libro. Lección de coherencia, de variedad formal, de búsqueda expresiva, El corazón, la nada surge como un relámpago, un destello voraz, entre los dos extremos que forman su título. O dicho de otro modo: si es verdad que el poema aspira a ser latido, flujo circulatorio, también lo es que nace del hueco, la carencia, la aspiración a ser que es propia de la nada. Y por ahí comenzamos quizá a entender, a entendernos.


Eduardo Moga ha publicado más de una docena de poemarios, además de bvarios conjuntos de ensayos, de haber compilado antologías, y traducido a Faulkner, Bukowski y Rimbaud entre otros.