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Rincón Audiovisual

Apostando y promocionando el cine colombiano

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Juan Toledo nos introduce al posible imaginario del cine colombiano mediante una cita de un cuento de El libro de arena y de un largometraje sobre las vicisitudes de un carpintero y su hijo bogotanos.


Juan Toledo


En uno de sus libros tardíos, El libro de arena, Jorge Luis Borges imaginó el amor crepuscular de un profesor universitario colombiano y una “discípula de Ibsen”. Él es Javier Otálora y ella Ulrica. Tras una breve presentación él le advierte ser profesor de la Universidad de los Andes de Bogotá (Borges lo fue) y aclara ser colombiano; a lo cual ella pregunta: "¿Qué es ser colombiano?"  "No sé", responde él, "es un acto de fe". A lo que ella añade, "Como ser noruega".  Baste sólo decir que Javier Otálora no recordó nada más de lo que su nueva compañera dijo esa noche.


Una de las contradicciones más comunes de la producción cultural de nuestros días se centra en el ribete nacionalista que todavía le otorgamos al arte en general, un ribete no disimilar a cómo se consume el espectáculo deportivo. La contradicción se da en que la mayoría de artistas, si se les pregunta, dicen hablar un lenguaje universal utilizando un léxico local.  El cine no es ajeno a esa paradoja, simplemente porque la pregunta que siempre queda es ¿podemos hablar de un cine argentino, mexicano o, en el caso que aquí nos concierne, colombiano? ¿Es la nacionalidad del arte y por ende el de las películas un acto de fe?


Gente de bienpresentada al público anglo parlante con el aún más descriptivo título de Growing Up Fast in Bogotá, debutó en Cannes el año pasado y se estuvo brevemente en marzo de este año en las carteleras londinenses como la primera película colombiana estrenada aquí desde María llena eres de gracia diez años atrás. En realidad es una coproducción franco-colombiana no solo financieramente si no también en su guión. Coescrita por su director Franco Lolli y Catherine Paillé, el resultado es una cinta inteligente, sutil, con personajes bien observados (empleando un término anglosajón) y actuaciones controladas pero cargadas de emoción en especial del muy joven Brayan Santamaría interpretando el papel de Eric. La trama se centra en un tema universalmente colombiano pero con una estética y una narrativa visual bastante francesa. No extraña entonces que la película haya tenido una mucha mejor acogida entre el público francés que con el británico.


 Gabriel es un carpintero empobrecido sobreviviendo en la capital colombiana de la filantropía de María Isabel, una mujer mucho más afluente, con dos hijos y al parecer seperada, y dueña de una escuela cuyo fin y propósito nunca es esclarecido en la película. Gabriel es forzado a convivir con su hijo Eric de 10 años y su perro Lupe cuando su madre decide dejarlos con él para emigrar al exterior. La filantropía de María Isabel -que simboliza el título de la película- pronto se extiende a Eric quien es invitado a compartir más y más tiempo con los hijos de ella, particularmente el más joven, y luego incluido en unas vacaciones familiares y de amigos en un poblado cerca a Bogotá. Las diferencias de estratos no tardan en hacer que Eric sea expuesto primero a la enajenación de clase y luego a los insidiosos rituales del rechazo social. Todo desplazamiento de clase genera un cambio de afectos y la magnitud de la pobreza se torna épica con los rituales que conlleva cada pequeña derrota.


 Gente de bien resiste generización y quizá ese sea uno de sus problemas. No es cine arte, no cae dentro del género del rite of passage ni tampoco es cine infantil. Es una estética francesa con un telón de fondo totalmente colombiano. Pero no por ello deja de ser un híbrido bien producido y escrito que debiese convertirse en precedente de un nuevo cine colombiano alejado del ese tema perenne de la violencia y descontaminado de esa sentimentalidad pueril que en el pasado ha rayado en el melodrama y la parodia. Filmes de este tipo son un acto de fe tanto para espectadores como productores o distribuidores porque son películas que tienen su corazón en el sitio correcto pero su cabeza permanece aún firme sobre los hombros. Y somos nosotros quienes debemos aprender a disfrutar tanto de su intelecto como de su sentimiento y honestidad.