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Turismo

Crónica viajera ¡Aloha Hawái!

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Por Lina María Díaz Coronel


@linamaridc


Bajé mis maletas del carro después de haber recorrido aproximadamente una hora y media desde el aeropuerto de Lihue, que recibe el mismo nombre de la ciudad más grande de Kauai. Me maravillé con cada paisaje que observé a través de la ventana del auto, cuando por fin llegué a Kapuna Hale, una casa amplia, llena de árboles, brisa y paz. Aún tenía mi Lei de flores violetas cuando miré con felicidad mi hogar por unos días.


Conocer un paraíso tropical, entrar en sus contextos y aprender a amar cada parte de una cultura y su esencia. Es un sueño hecho realidad.


Kauai es un pedacito de tierra ubicada en el archipiélago de Hawái. Es la isla más antigua y tiene una superficie de 1430,43 km². Comúnmente es llamada "THE GARDEN ISLAND", La Isla Jardín, título en honor a sus incomparables paisajes verdes, llenos de magia y vistas que te dejan sin palabras.


Los días pasaban con ilusión de conocer algo nuevo, una playa distinta, las cascadas ocultas dentro de la selva, piscinas naturales o escalar montañas para llegar a paraísos escondidos.


Recorrer la isla no es tan complicado si tienes un auto, pequeños pueblitos que se conectan entre sí y te permiten indagar sobre actividades diversas, Kapaa, Kilauea, Līhuʻe, Hanalei, Poʻipū, Princeville, Waimea, Wailua y Koloa, son algunos para no dejar de visitar.


Las actividades son espectaculares y diversas. Puedes vivir los días practicando deportes acuáticos. Las olas gigantes son impulsos de energía para los amantes del surf y los corrales son estímulo para los que aman el snorkeling. Dar un paseo en kayak en una playa de corrientes pacificas o en el río hasta llegar a tierra firme y después ahí, caminar varias millas y descubrir cascadas donde el sonido del agua te deleitan.


Si vas a viajar a las islas hawaianas no solo debes incluir en tu maleta biquinis, bloqueador y lentes. Debes tener tenis que te permitan caminar largas distancias, escalar montañas y sobrevivir a precipicios rocosos.


Mis días pasaban rápido como el viento. Recorrí la mayor parte de la isla. Conocí paisajes misteriosos con amigos llenos de energía positiva y exploradora.


Mi último día en la isla lo recuerdo con mucha emoción. Decidimos subir por el camino de Hanakapia, es el mismo que te lleva al Valle de Kalalau.


Recorrimos 8 millas, ida y vuelta. Nuestra primera parada una playa, olas gigantes y rebeldes. Caminamos más y aunque me sentí muy cansada, necesitaba saber qué había más allá de rocas, superficies y el ruido del río. Casi me quedo sin suspiros cuando por fin mi compañero de travesías señaló con felicidad nuestro regalo: era la cascada más alta que he visto en mi vida. Estaba helado el ambiente.


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-¡Te reto a que nademos! Me dijo.


-¡No! Contesté


-¡Eres una aburrida! Me dijo.


Acepté su reto y entré al agua, estaba helada, casi congelada. No me arrepiento de nada, aunque fue casi una tortura, hoy puedo decir que lo hice. Él salió primero que yo, aludiendo que no sentía sus pies.


Regresamos por el mismo camino, más cansados que antes. Nuestra aventura se despidió con el momento más hermoso, el atardecer. Fue mágico y siempre en la memoria de mis ojos.


El atardecer en esta isla colorea, el cielo de naranja, rosado y violeta. Muchas veces de un azul más intenso y otras de un gris opaco. Kauai me regaló los mejores atardeceres, soñados y sin filtros. El sol es brillante y sus rayos parecen poesía.


Me enamoré del tiempo que respiré entre las 4:00 PM y las 7 PM, donde aún la luz era clara, compartir un cielo donde las nubes parecen algodones llenos de versos románticos, las palmeras y sus cocos. De verdad no creo que ningún pintor pueda hacer un mejor cuadro de esta isla. Son fantasías llenas de colores, sensaciones y paz.


El mejor plan para ir a descansar, hacer yoga, encontrarse con su yo interior y por qué no, disfrutar de una deliciosa “Acai bowl” en los lugares de comida orgánica, después de un día lluvioso contemplando el arcoíris.


No hay otras palabras, Mahalo (gracias) Kauai.