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Aniversario de Paul Gauguin, el pintor en la eterna búsqueda por lo exótico

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Lucía García


luciagrcgrc@gmail.com


 


Eugène Henri Paul Gauguin fue uno de los pintores franceses más destacados dentro del post-impresionismo de finales del S.XIX, junto con Van Gogh, Toulouse-Lautrec y Paul Cézanne.


El próximo 7 de Junio se cumplen 166 años de su nacimiento. Gauguin siempre encarnó el carácter bohemio e inconformista que se suele atribuir a los artistas. Confiaba en el “primitivismo” y en regresar a los primeros años de la niñez gracias a sus obras pictóricas. Esto sin duda se vio influido por los acontecimientos que experimentó en sus primeros años de vida.


Todo comenzó cuando su padre, Clovis, periodista reconocido en Francia perdió su empleo debido al cierre del diario en el que trabajaba. Por ello, junto con su esposa Aline-Marie y sus dos hijos, Marie y el pequeño Paul, decidieron trasladarse a Perú donde residían algunos familiares. Pero lo que parecía un viaje hacia un lugar mejor, se convirtió en una tragedia inesperada ya que Clovis falleció antes de llegar al continente americano. Aline-Marie decidió emprender el viaje sola con sus hijos y vivieron en la región peruana hasta que Paul cumplió los seis años. Allí Gauguin comenzó a mostrar interés por el arte, gracias a algunas colecciones precolombinas de su madre, y se vio hechizado por el exotismo de algunas de sus sirvientas. Pero de nuevo las cosas cambiaron cuando la familia decidió regresar de nuevo a Francia a la ciudad de Orleans.


La pertenencia a la clase burguesa le otorgó a Gauguin una vida llena de ventajas y comodidades. Se convirtió en corredor de bolsa y se casó con Mette, una muchacha danesa con la que pronto tuvo hijos y se marcharon a vivir a Copenhague. Pero ese estilo de vida nunca había sido aceptado por Gauguin, eterno inconformista, que ya en sus años de adolescencia en Orleans le habían hecho echar de menos su estancia en Perú. La forma que tenía de regresar a su pasado, lo que posteriormente se llamaría “primitivismo” era a través de sus cuadros. Lo que empezó como un hobby acabó convirtiéndose en una pasión y su estilo de vida se antepuso a su familia, abandonando aquel lugar que cada vez sentía menos suyo. Con su pintura se sentía vivo y conseguía regresar a emociones pasadas vividas en otros lugares más exóticos.


Vivía en una eterna búsqueda del paraíso y eso siempre quedó plasmado en sus obras. Su interés por la pintura le llevó a trabajar en Arlés donde conoció a Van Gogh y con el que compartió su pasión por el arte. Tras esto decidió emprender un viaje para reencontrarse consigo mismo y decidió trasladarse a la isla de Martinica y poco más tarde a la Polinesia francesa. Era un personaje aventurero que le gustaba poner en duda los más altos estamentos de la sociedad, muy radical políticamente y un eterno “antisistema”. Por ello en su viaje a las islas del pacífico encontró la paz y la calma que buscaba.


Aunque nada más llegar sufrió una tremenda decepción al comprobar que Tahití era un territorio colonial, donde abundaban los funcionarios franceses y los misioneros. Pero pronto encontró refugio y se adentró en la cultura exótica del país. Aquí es donde cobra más fuerza su pintura, donde predomina un gran uso del color y lo exótico que plasma en sus retratos de mujeres tahitianas. Esa búsqueda de sentido y de regreso a sus orígenes se ha asociado en algunas ocasiones a una pura búsqueda de placer y gusto por las mujeres de esa región. Pero el propio Gauguin siempre afirmaba que quería pintar ensoñaciones no realidades. “Yo intento expresar el pensamiento, no copiar la naturaleza. Quiero reflejar la realidad a través de la imaginación”, decía.


En sus obras la mujer tiene un papel prioritario, tanto en escenas imaginadas como en otras más reales. Predomina el retrato de la raza mahorí, la cual le fascinó desde el primer momento. También plasmó en sus obras la vegetación y el paisaje propio del lugar así como las eternas preguntas sobre su existencia que nunca abandonaron su mente.


Como muchos otros artistas no pudo vivir su éxito en vida y sufrió largas temporadas de hastío y rechazo de la sociedad. Fue después de su muerte cuando su obra empezó a interesar a jóvenes artistas y a coleccionistas de arte. Hoy sus cuadros ocupan algunos de los museos más importantes del mundo desde el Museo D’Orsay en París hasta la National Gallery of Art en Washington, pasando por el Museo Thyssen de Madrid.