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La Ansiedad: expresión del miedo


Palpitaciones, irritabilidad, inquietud, tensión muscular, cansancio sin motivo aparente y dificultades para dormir son solo algunos de los síntomas que pueden experimentarse cuando se sufre de ansiedad. La detección temprana, el diagnóstico preciso y un tratamiento apropiado son fundamentales.


Por Gabriela Garrido gaba48@hotmail.com


Del latín anxietas (congoja o aflicción), la ansiedad es definida como un sistema de alerta y activación ante situaciones consideradas amenazantes. Es un fenómeno que se da en todas las personas y que, bajo condiciones normales, mejora el rendimiento y la adaptación al medio social, laboral, o académico. Tiene la importante función de movilizarnos frente a circunstancias amenazantes o preocupantes, de forma que hagamos lo necesario para evitar el riesgo, neutralizarlo, asumirlo o afrontarlo adecuadamente[].


La ansiedad forma parte de los llamados “trastornos de ansiedad” y se calcula que entre un 15% y un 20% de la población padece, o padecerá a lo largo de su vida, problemas relacionados con la ansiedad con una importancia suficiente como para requerir tratamiento.


José Carlos Baeza, doctor en Psicología, especialista en psicología clínica y coordinador de la Clínica de la Ansiedad de Barcelona (España), advierte que si bien es normal sentirse nervioso ante ciertas circunstancias, cuando la ansiedad sobrepasa determinados límites, se convierte en un problema de salud, que impide el bienestar, e interfiere notablemente en las actividades sociales, laborales, o intelectuales. Puede limitar la libertad de movimientos y opciones personales. En estos casos no estamos ante un simple problemas de "nervios", sino ante una alteración, aclara.


Origen de la Ansiedad


Según la Clínica de Ansiedad de Barcelona (España) usualmente en la aparición y mantenimiento de la ansiedad como trastorno influyen tres grandes grupos de factores:


Factores predisposicionales: son variables biológicas y constitucionales, hereditarias o no, que  hacen más probable que un individuo desarrolle alteraciones de ansiedad si se ve expuesto a situaciones capaces de activarla.


Factores activadores: aquellos hechos, situaciones o circunstancias que son capaces de activar el sistema de alerta,  la preparación para responder ante ellas y la respuesta propiamente dicha. Los factores activadores de la ansiedad son aquellos que están relacionados con la amenaza y su naturaleza.


Factores de mantenimiento: afectan fundamentalmente a aquellos casos en que los problemas originarios de ansiedad no se resuelven satisfactoriamente, o bien cuando la ansiedad alcanza límites de trastorno. Una vez que la ansiedad se manifiesta como problema tiene ciertas probabilidades de incrementarse. En el momento en que la ansiedad  aparece, debido a los factores activadores, ayudados en más o en menos por los factores predisposicionales, si es excesiva y sostenida, propicia la aparición de problemas de salud. Estos problemas, que previamente no existían, son debidos a la ansiedad, pero, a su vez, la multiplican.


 Síntomas Reveladores


Frente a situaciones que a la persona le producen angustia, las manifestaciones sintomatológicas de la ansiedad son muy variadas y pueden clasificarse en diferentes grupos:


-Físicos: Taquicardia, palpitaciones, opresión en el pecho, falta de aire, temblores, sudoración, molestias digestivas, náuseas, vómitos, "nudo" en el estómago, alteraciones de la alimentación, tensión y rigidez muscular, cansancio, hormigueo, sensación de mareo e inestabilidad. Si la activación neurofisiológica es muy alta pueden aparecer alteraciones del sueño, la alimentación y la respuesta sexual.


-Psicológicos: Inquietud, agobio, sensación de amenaza o peligro, ganas de huir o atacar, inseguridad, sensación de vacío, sensación de extrañeza o despersonalización, temor a perder el control, recelos, sospechas, incertidumbre, dificultad para tomar decisiones. En casos más extremos, temor la muerte, la locura, o el suicidio.


-De conducta: Estado de alerta e hipervigilancia, bloqueos, torpeza o dificultad para actuar, impulsividad, inquietud motora, dificultad para estarse quieto y en reposo. Estos síntomas vienen acompañados de cambios en la expresividad corporal y el lenguaje corporal: posturas cerradas, rigidez, movimientos torpes de manos y brazos tensión de las mandíbulas, cambios en la voz, expresión facial de asombro, duda o crispación, etc.


-Intelectuales o cognitivos: Dificultades de atención, concentración y memoria, aumento de los despistes y descuidos, preocupación excesiva, expectativas negativas, pensamientos distorsionados e importunos, incremento de las dudas y la sensación de confusión, tendencia a recordar sobre todo cosas desagradables, sobrevalorar pequeños detalles desfavorables, abuso de la prevención y de la sospecha, interpretaciones inadecuadas, susceptibilidad.


Sociales: Irritabilidad, ensimismamiento, dificultades para iniciar o seguir una conversación, en unos casos, y verborrea en otros, bloquearse o quedarse en blanco a la hora de preguntar o responder, dificultades para expresar las propias opiniones o hacer valer los propios derechos, temor excesivo a posibles conflictos, etc.


Noemí Guillamón Cano, doctora en Psicología y profesora responsable del área de Personalidad, Evaluación y Tratamiento de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universidad Oberta de Catalunya precisa que “no todas las personas tienen los mismos síntomas, ni éstos la misma intensidad en todos los casos. Cada persona, según su predisposición biológica y/ o psicológica, se muestra más vulnerable o susceptible a unos u otros síntomas. Se consideran un problema en la medida en que comprometan la salud y el bienestar físico y psicológico, e interfieran o limiten significativamente la capacidad de acción y desarrollo de la persona que los padece”.


Asimismo, para hablar de ansiedad, advierten los especialistas, deben estar presentes cuatro o más de los síntomas expuestos. La evaluación debe ser minuciosa, porque el cuadro puede confundirse con los síntomas de otros trastornos psiquiátricos (fobia social específica, trastorno obsesivo-compulsivo, síndrome de estrés postraumático, trastorno de ansiedad por separación). También es imprescindible descartar ciertas patologías de tipo orgánico (trastornos tiroideos y otros desórdenes endocrinos, problemas cardiovasculares, neurológicos y neumológicos) que cursan con síntomas parecidos.


Orientación profesional


En palabras del doctor Baeza, el inicio de cualquier tratamiento requiere: una valoración diagnóstica precisa, un conocimiento exhaustivo de los factores implicados en el origen y desarrollo del problema: antecedentes, factores desencadenantes, factores predisposicionales, factores de mantenimiento; y un conocimiento suficiente del paciente y sus circunstancias: grado de deterioro de la salud y el bienestar, incapacitación e interferencias en planes de acción o estatus significativos para la persona, recursos personales, atribución de capacidad y eficacia, rasgos destacados de la personalidad y del sistema de valores, estado emocional general.


Además, del establecimiento de una relación adecuada entre el paciente y el especialista que les permita trabajar juntos de manera eficiente: reconocimiento mutuo, comunicación eficaz, confidencialidad, seguimiento de prescripciones.


De esta manera, el tratamiento se puede orientar según el caso: si predominan los síntomas físicos se combinan farmacoterapia y psicoterapia, y si prevalecen los psíquicos suele indicarse terapia cognitivo-conductual.


Farmacoterapia. Neutraliza los síntomas físicos cardíacos, respiratorios y musculares. La medicación suele extenderse por un año.


Psicoterapia. Se le enseña al paciente a controlar y contrarrestar sus ideas de miedo a través de asociaciones libres. Se realizan ejercicios prácticos que exponen al sujeto a las situaciones temidas para desafiar sus creencias sobre ese miedo.


Terapia cognitiva-conductual. el terapeuta ayuda al paciente a aprender nuevas formas de pensar acerca de las situaciones u objetos que le provocan la ansiedad. A una persona le puede dar miedo hablar en público, porque puede pensar que la gente lo está juzgando como incompetente, aunque no sea así. En segundo lugar, la terapia cognitiva conductal funciona haciendo que el paciente poco a poco comience a enfrentar las situaciones u objetos que le causan la ansiedad. Así, la persona puede empezar a desarrollar un sentido de control sobre la situación y saber que los resultados temidos no suceden.


Peter Norton, director de la Clínica de Trastornos de Ansiedad de la Universidad de Houston, asegura que mucha de las personas (la mayoría) que siguen el tratamiento pueden llegar a disminuir su ansiedad a niveles similares a los que experimenta la gente normalmente. “Puede ser un trabajo duro y tomar tiempo, pero la mayoría de quienes siguen el tratamiento ven a su ansiedad perder intensidad”, puntualiza.


Por su parte, La Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y el Estrés (SEAS) recomienda unas normas que ayudan a prevenir o reducir la ansiedad:



  • La dieta: comer sano, de forma equilibrada y evitar las comidas que provocan digestiones pesadas; no abusar del alcohol; tomarse el tiempo necesario para comer, sin prisas, aprovecharlo como momento de descanso de actividades; y mejor hacerlo con compañía.

  • El descanso: dormir suficiente, incluso si se está de vacaciones, alternando el tiempo de ocio con el descanso. Es importante dejar el trabajo y las preocupaciones en la oficina.

  • Ejercicio físico: incluir una práctica moderada de algún deporte o ejercicio físico, como andar rápido. La actividad que se hace al aire libre y con allegados, además, ayuda a airear los pensamientos.

  • Organización: aunque se esté de vacaciones, la organización del tiempo y las actividades evitan preocupaciones y nerviosismo y favorecen el descanso. Intentar ser puntuales a las citas y aprender a escoger cuando no se llegue a todo.

  • Solución de problemas y toma de decisiones: la mejor actitud ante los problemas es hacerles frente. Tomar decisiones planteando el problema, analizando los pros y contras y eligiendo la solución menos mala; una vez hecha la elección, no volver atrás. Analizar una y otra vez el mismo problema no sirve de nada a la vez que produce ansiedad.

  • Interpretación de situaciones y problemas: ante alguna situación adversa, intentar no valorar en exceso las probabilidades malas ni ser catastrofista; esto solo provoca que se anticipe el peor resultado y hace vivir mal. Entender que estar nervioso es una reacción natural como estar contentos o enfadados: preocuparse por el hecho de estar nerviosos no hace sino que agudizar el nerviosismo. Tampoco preocuparse por lo que puedan pensar los demás, ya que nadie puede percibir con la misma intensidad los síntomas ansiosos que uno sufre. No ser severo con uno mismo.

  • Atribuciones y autoestima: reconocer los méritos propios ayuda a la autoestima. Si los resultados de una acción no han sido buenos, reconocerlo, analizar los errores y corregirlo. De nada vale culparse ni hacerse reproches. Hay que aprender a respetarse y quererse.

  • Relaciones con los demás: reforzar las conductas positivas de nuestros allegados con muestras de afecto, sonrisas, algún detalle, etc. Ante una mala actuación de alguna persona del entorno cercano, comunicar la desaprobación y corregir la conducta con información, sin peleas ni castigos, ni continuamente estar sacando el tema.

  • Entrenamiento en técnicas de control de ansiedad y estrés: como la relajación, leer algún libro de autoayuda asegurándose de que se base en la evidencia científica, aprender a decir no, exponerse a la situación que nos angustia poco a poco, practicar habilidades sociales y, ante dificultades para controlar el nivel de estrés, ponerse en manos de un especialista.