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Horarios de oficina

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Por Jorge Jiménez/ Columnista
@Jimenezpress


En lo que más piensas cuando estás en la oficina es en qué podrías hacer si no estuvieses en ella. Luego viene esa lluvia de imágenes  fantasiosas de una vida distinta, lejos de los cubículos de trabajo perfumados de café tibio y sándwich de pollo. Una vida de pensionado pero con la vitalidad de un universitario, así podrías asumir con experiencia y fortaleza los sueños inconclusos que bombardean las jornadas de trabajo, como secuestrar a esa compañera de planta que se queja de la rutina y enamorarla en todas las trincheras, desde el baño sucio de la empresa hasta las diez mejores  playas de Cancún. Y seguir haciéndole el amor todos los días con ese entusiasmo furioso con el que los reclusos reciben a sus amantes en las visitas conyugales.


A veces ocurre que una mañana cualquiera de lunes, miércoles o viernes –que en el mundo oficionario termina siendo la misma-, ves una silla vacía e imaginas lo peor: alguien murió o fue despedido. Sospechas entonces de un accidente de tránsito de vuelta a casa o de ese virus que está en todos los diarios. Cualquier cosa pudo ser, la empresa de la muerte tiene oferta para todos los gustos.


Entonces sientes nostalgia por no haber conocido mejor a esa persona. La conciencia te lleva a recordar los saludos cortos de las formalidades que nunca trascendieron y la falta de comunicación entre ambos. La culpa raspa poco a poco el corazón hasta llevarte al arrepentimiento y comienzas a conspirar contra la oficina y la acusas de consumir tanto tu tiempo que incluso no alcanzas a conocer a quienes trabajan contigo. Luego te das cuenta de que morir o que te despidan terminan siendo actos de liberación, como los boxeadores que caen noqueados a la lona y al escuchar el campanazo final sonríen porque se acabó el sufrimiento.


Duele pasar 10 horas al día sentados en frente de un computador, pensando cómo sería la vida si abandonáramos el ring.


*Foto: Reuters.