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Recordando

El descubrimiento de “la droga maravillosa"

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Por: Anabel Leal


Hay quienes datan el descubrimiento de la penicilina un 22 de septiembre, otros hablan de una mañana de viernes el 28 de septiembre de 1928. Sin duda, esta semana de 2014 podemos celebrar el 86º aniversario del que fue el mayor descubrimiento del S.XX en el ámbito de la medicina.


Como muchos otros hitos de la historia, el descubrimiento de la penicilina fue fortuito, fruto de la casualidad. Tras regresar al laboratorio del Hospital londinense St. Mary, después de un mes de vacaciones, Alexander Fleming se percató de que uno de los cultivos de estafilococos (bacterias responsables de las infecciones en las heridas) había sido contaminado. En la placa de petri se había formado una mancha de moho que había inhibido el crecimiento de las bacterias a su alrededor. Durante el análisis de este peculiar hongo, Penicilium notatum, Fleming descubrió que evitaba el desarrollo de bacterias peligrosas. Según sus propios compañeros, el científico no le dio demasiada importancia al hallazgo y abandonó su estudio en 1934; sin embargo, la penicilina había nacido y con ella una nueva era, la era de los antibióticos.


La penicilina comenzó a utilizarse de forma masiva en la Segunda Guerra Mundial. Hasta entonces los experimentos con conejos habían demostrado que era aparentemente inocua, pero no se habían podido probar los efectos curativos en las personas. Los bioquímicos Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey decidieron retomar la investigación del descubrimiento de Fleming, y en 1939 consiguieron aquello que no logró nunca el científico escocés: purificar la penicilina.


El primer ser humano en ser tratado con penicilina sería Albert Alexander, en el Hospital John Radcliffe de Oxford, el 12 de febrero de 1941. La insuficiente administración del fármaco provocó la muerte de este primer paciente. Chain y Florey no tardaron en irse a los Estados Unidos en vista de los pocos recursos de Gran Bretaña, que por aquel entonces se encontraba sumida en los conflictos bélicos de la Segunda Guerra Mundial. Con la entrada de Estados Unidos en la contienda no se hizo esperar la promoción norteamericana de la penicilina.


Toda la información proveniente de los estudios con la penicilina estaba clasificada con el fin de evitar que cayera en manos de los enemigos; sin embargo, por aquel entonces, los alemanes habían desarrollado las sulfamidas (primeros agentes quimoterapéuticos) de modo que no prestaron gran interés por la penicilina.


A mediados del siglo XIX, morían muchos más soldados a causa de las infecciones que por los ataques bélicos en el campo de batalla. Así pues, la penicilina supuso una revolución cuando, en la Segunda Guerra Mundial, miles de personas se salvaron de una muerte prácticamente segura gracias a aquella “droga milagrosa”. Incluso la revista TIME, en mayo de 1944, sacaría en portada a Alexander Fleming diciendo de este que su medicina salvaría más vidas de las que quitaría la guerra.


La necesidad de curar a los ejércitos impulsó el desarrollo del fármaco. La penicilina, que se administraba a los combatientes como antibiótico profiláctico, consiguió que la gangrena dejara de ser la primera causa de muerte entre los heridos de guerra. Asimismo, logró frenar la epidemia de sífilis, en un momento en el que las enfermedades venéreas estaban a la orden del día en el frente.


No es de extrañar, que pocos meses después de que finalizara la Segunda Guerra Mundial, Fleming recibiera el Premio Nobel de Medicina junto con aquellos que consiguieron producir el medicamento en masa, los científicos Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey.


La, hoy octogenaria, penicilina, fruto de la serendipia, se convirtió en un medicamento determinante para preservar a la humanidad de graves infecciones.