15 °C
Recordando

Los juicios tras la barbarie

|

Por: Anabel Leal / anabeleal@hotmail.com


 


 
El 1 de octubre de 1946 se emitió el veredicto de uno de los procesos judiciales más importantes de la historia, los juicios de Nuremberg. Doce litigios destinados a juzgar a la más alta jerarquía nazi tras el genocidio judío. Acusados oficialmente de incurrir en “crímenes contra la paz”, “crímenes contra la humanidad” y en “crímenes de guerra y conspiración”, tan solo veintidós asesinos del régimen nazi se sentaron ante el Tribunal Militar Internacional del Palacio de la Justicia de Nuremberg.
El proceso que comenzó el 20 de noviembre de 1945, precisó del trabajo de más de mil empleados –traductores, intérpretes, personal encargado de realizar interrogatorios…– y cuatro jueces procedentes de las principales potencias que habían intervenido en la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética.
El juicio que involucró a la mayor parte de la cúpula nazi nunca llegó a producirse, ya que tanto Adolf Hitler, como el jefe de las SS, Heinrich Himmler, y el ministro de propaganda en la Alemania fascista, Joseph Goebbels, se suicidaron antes del arranque del proceso para evitar ser juzgados. Tan solo el número dos de Hitler y mariscal del III Reich, Hermann Göring, se sentó en el banquillo de los acusados, orgulloso e indiferente.
Lejos de ser un juicio común, en Nuremberg se sentaron las bases para crear un ámbito jurídico internacional por encima de la soberanía de los Estados. En la historia no existían precedentes de un juicio internacional contra los dirigentes de una nación soberana pero se debía garantizar la penalización de los crímenes cometidos contra la población civil y prisioneros de guerra. Así, Winston Churchill, como primer ministro del Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial, fue el primero en hablar de crímenes de guerra y de la necesidad de que "el castigo por estos crímenes debiera tener lugar cuando se produjera el desenlace definitivo de la contienda".
Los miembros del gobierno nazi fueron juzgados por ser quienes dieron las órdenes de represión, humillación y sometimiento a millones personas, llevado a su máximo nivel con el exterminio en masa. A ello, además, se les sumó la imposición de la dictadura, con la existencia de un único partido (NSDAP), negando cualquier tipo de oposición parlamentaria y de agrupación sindicalista.
Por su parte, los médicos militares de las SS fueron enjuiciados tanto por sus experimentos con seres humanos en los campos de concentración y exterminio, como por su implicación en los asesinatos, eliminando mediante la eutanasia a discapacitados físicos y psíquicos. Josef Mengele, conocido como “el ángel de la muerte”, fue uno de estos médicos, el más conocido a lo largo de la historia y también el más cruel y despiadado. Culpable de miles de torturas, la mayoría con destino fatal, huyó disfrazado de soldado a Sudamérica donde murió en 1979 sin pagar por sus atrocidades.
Durante los juicios de Nuremberg, los asesinos del régimen nazi sonrieron y bostezaron, escucharon con indiferencia las acusaciones por miles de asesinatos. No hubo indicio alguno de sentimiento de culpa. Los acusados se declararon inocentes, señalaron a Hitler como el verdadero culpable del que decían, únicamente, cumplir órdenes. Solo Göring defendió a Hitler con vehemencia y ante tal acto de cobardía por parte de sus compatriotas declaró: “Cómo me hubiera gustado que los alemanes aquí presentes hubiesen limitado su defensa a tres palabras: chúpame el culo”.
Así, el 1 de octubre de hace ya cuarenta y seis años, el Tribunal Militar Internacional anunció sus veredictos: doce sentencias a muerte, tres de cadena perpetua, cuatro sentencias que iban desde los diez hasta los veinte años de cárcel y la sorprendente absolución de tres de los acusados. Tan solo un brote de justicia después de años de injusticia.