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El mundo a la deriva

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Por: Andrés Gago


 


 


 


La modernidad no ha encontrado cura al Ébola, pero sí ha ampliado su alcance geográfico. La epidemia del mortal virus ha puesto en el foco de atención la importancia de los efectos de la globalización y sus valores.


El virus nos ha recordado que el avance de la humanidad no puede hacerse por clases, razas o regiones geográficas. Hoy en día vivimos en un mundo interconectado, lo que sucede en una esquina del planeta tiene repercusiones en la otra punta y ninguna barrera de alambre podrá contener sus efectos.


La dirección que esta tomando la sociedad humana a través del sistema de mercado, es insostenible. Un ejemplo de la incongruencia de nuestro sistema es la cantidad de pastillas y medicamentos que en occidente inundan los cajones de las casas. Una acumulación de aspirinas, antidepresivos o laxantes que contrasta con la necesidad en otras regiones, donde la gente muere por una simple gastroenteritis.


Un derroche de materias primas, de trabajo e investigación que se amontona en estanterías, mientras que podrían ser enfocados a otras enfermedades o regiones donde se necesitasen. Las consecuencias las tenemos delante de nuestras narices.


La educación de hoy, basada en la sociedad de consumo y un patriotismo caduco, con nuestros juegos de guerra como los mundiales y los juegos olímpicos, nos ha convertido en individuos con un sentido de pertenencia muy limitado. Hemos dado la espalda a los problemas de nuestra humanidad. Nos hemos excluido en nuestras sociedades de bienestar, ajenos a los terrores del mundo, ignorando que esos problemas también nos afectan.


La inviabilidad del sistema tenía que estallar tarde o temprano. Esquilmar los recursos naturales del mundo para producir bienes desechables, la obsolescencia programada, dedicar la mayor parte de la investigación científica a crear armas de destrucción masiva; malgastar recursos en medicamentos innecesarias, o contaminar y destruir todos los espacios naturales para incrementar el PIB, por lógica, tenía que finalmente causar una crisis mundial.


De nada sirve poner parches con regulaciones nacionales. Existen estos males que al igual que las multinacionales no entienden de fronteras. ¿Por qué no vivir en un mundo regulado para todos igualmente? Los estados, además de haberse quedado pequeños, han sido vaciados de poder. Ahora son grandes instituciones internacionales como el FMI las que dictan las directrices a seguir. Son entes alejados de toda fuente de legitimidad democrática. El único interés de estas organizaciones es de carácter financiero.


Sin embargo, atacar estas desigualdades universales a través de un poder internacional no será fácil. El interés de estas organizaciones es mantener el status quo. Por ejemplo, las diferencias de nivel de vida. Un gramo de hierro es un gramo de hierro en Vigo y en Shanghai, y lo que hace al tornillo más barato es la explotación humana.


Es un momento histórico, como lo fueron todas las luchas y revoluciones sociales para establecer un modelo de gobernación adecuado a los tiempos que corren. La nación lo fue en su momento, al establecer la democracia como un intento de aplicar la justicia y la igualdad sobre una población dada. Pero hoy, las condiciones son diferentes, y las tecnologías han cambiado el paradigma.


Como en todas las etapas históricas, las elites siempre van un paso por delante, y han tomado ventaja de las tecnologías para sacar rendimiento a sus capitales. La falta de regulación y control internacional en su afán de acumulación han generado unos excesos que deberán ser corregidos.


Para ello será necesario un gobierno sobre una sociedad interconectada en la que ya no existen fronteras. Si a los capitales no les afecta, ¿por qué lo ha de hacer a las poblaciones?, ¿qué sentido tiene enjaular a los ciudadanos del mundo entre barreras más tangibles que nunca? A día de hoy, los Estados se han convertido en las edificaciones de la desigualdad social.


Las naciones son monumentos que sostienen al sistema de mercado y cuyo motor principal es la desigualdad entre ellas y dentro de ellas; la desigualdad es el motor competitivo del sistema de mercado.


Los recursos del mundo son finitos, la competición y el consumismo llevan a su exterminio, y es necesario imponer un nuevo modelo basado en la colaboración y que sitúe al ser humano en el centro del sistema.