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El llanto de los "Migrantes Embera"

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Por Alejandra Suarez y Luis Fernando Poveda Calderón


Dejar atrás la tranquilidad que brinda la naturaleza, el campo y la selva para dar paso al caos, la indiferencia, el rechazo y la pobreza.


 La ola de violencia llegó sin anunciarse al resguardo de Honduras- Cauca, en el 2007, allí el miedo cobijó a cada uno de los integrantes de la tribu Embera, de nuevo los hijos del jaguar son las víctimas en un conflicto interno del cual son ajenos; en ese año los Emberas Chamis fueron vistos como el enemigo territorial a combatir por parte de los actores bélicos de la región, los cuales tenían el objetivo de quedarse con su tierra, con su territorio sagrado y con la vida.


El poder por el control de la región llevó a una violencia descomunal hacia la tribu; muchos son los factores que incidieron en codiciar el manejo de la región entre los que encontramos la ambición territorial, el libre flujo de pasta de coca, de armamento y el libre paso de grupos al margen de la ley; a esto se le suma la migración debido a que los proyectos de desarrollo para el territorio no incluían la participación de los Embera.


Los Embera Chami hacen parte de una gran comunidad Embera nacional entre los que se encuentran los Embera Dobida, los Embera Katio y los Esperara Siapidara, y basan su origen en los primeros Emberas que habitaron la tierra “Karagabi” y “Tutruika”. Los Emberas Chamis consideran que siempre han estado conectados con el territorio y este a su vez les brinda lo que necesitan sin que ellos tengan que destruir la tierra consiguiendo así el equilibrio con la naturaleza.


Los líderes, sus hermanos, su sangre, su raza fueron asesinados a manos de grupos armados por defenderlos de la guerra, de la violencia, de los asesinatos y del destierro. No hay un ahora o un futuro positivo para la comunidad Embera, según ellos mismos, ya que con el pasar de la historia han venido huyendo de forma constante de cada sitio donde buscan asentar su hogar; casos como su salida en el año 1960 del Cañón de Garrapatas por violencia hacia Caquetá, en Colombia, el asesinato de su cacique Marceliano Azaima en 1984 y el destierro masivo en el año 2005 los ha obligado a tomar el camino de huir, de dejar atrás lo que es suyo, su unión con la naturaleza, con el sol, con el maíz, con el agua y con su espíritu guerrero. No hay rumbo a seguir, todo lo dejan a la suerte y al destino, unos buscan regresar al campo para rehacer su vida y otros tienen miedo y toman la opción de la urbe, la opción de la selva de concreto.


La situación de los Emberas Chami que llegan a las ciudades es preocupante ya que según “El estudio de comportamiento socioeconómico Embera en las ciudades” realizado por la Universidad Nacional de Colombia se diagnosticó que: “Se encontraron hallazgos relevantes se denota que dicha comunidad viene sufriendo cambios en su manera de vivir, algunos de ellos con una alta cohesión e identidad social indígena, otros han modificado sus patrones de vida, siendo similares a los de las comunidades campesinas y algunos han adoptado modelos de vida urbana o están en proceso de adaptación a la ciudad. De igual manera, la mayoría están distribuidas en cuartos en una unidad de vivienda, compartiendo dichas habitaciones con jefe, cónyuge e hijos, no obstante algunas de ellas están acompañadas también de los padres de alguno de los cónyuges y sus respectivos hermanos. Se manifiesta de esta manera que dichas personas están hacinadas, compartiendo áreas muy pequeñas, incómodas e insalubres y aunque a la mayoría de los hogares lleguen servicios públicos básicos, no es suficiente porque de todas maneras el resto de la comunidad se ve afectada por la falta de los mismos, causando malestar y condiciones desfavorables para su calidad de vida".


Los “Migrantes Embera” llamados así por entidades gubernamentales se desplazan a un mundo nuevo para ellos en donde es difícil dejar atrás la tranquilidad que brinda la naturaleza, el campo y la selva para dar paso al caos, la indiferencia, el rechazo y la pobreza.


El llegar a las ciudades para los Embera, y el encontrar un lugar seguro para pasar la noche los lleva a un hacinamiento insólito, se conocen casos de aglomeración en Florencia, Colombia, en donde cuarenta Emberas vivían en una casa para diez personas y donde la necesidad de estar más unidos que nunca los mantiene en pie, resistiendo ante la adversidad del mundo para no desaparecer, para hacer resistencia y decir que están presentes.


La percepción de los Embera es que a su llegada a las ciudades no encuentran nada que comer, ni trabajo, ni donde vivir y muchos se ven obligados a vivir de la mendicidad. La influencia de la ciudad ha llevado a que los jóvenes opten por otras culturas citadinas influyentes en vez de creer y mantener la suya. En la ciudad la discriminación y la estigmatización son una constante, las personas del común no comprenden la situación y no valoran su historia ancestral, pero ante todo su cultura, que con el pasar de los días tienden a desaparecer.


Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) en Colombia hay alrededor de cien pueblos indígenas los cuales han resistido por más de quinientos años para conservar su territorio e identidad cultural; para la ACNUR la solución está en las acciones y es así que mediante una acción de tutela y con colaboración de la defensoría del pueblo buscaron dar solución a la problemática de la comunidad Embera de la vereda de Honduras en el Cauca, mediante la reubicación en Florencia acompañado de un programa de soluciones sostenibles por parte de la misma comunidad.


Gracias a esta reubicación se busca mejorar la calidad de vida de la comunidad Embera Chami, se busca la organización de una identidad indígena resistente y se busca la protección para las víctimas y familiares de estas en lo que respecta al conflicto armado, ya que se cree dentro de la comunidad que se está gestando un nuevo plan de vida Embera.


Los casos de abandono a los que se ven sometidos nuestros hermanos mayores (tribus indígenas existentes) en los aspectos sociales a la hora de llegar a una ciudad grande como Bogotá, son fuertes, estas urbes absorben vidas y gesta demonios internos que corrompen el alma de aquel niño Embera que llora en silencio de hambre, de frío y de miedo. Las entidades estatales aparecen de vez en cuando para ayudar a estos colombianos olvidados y desterrados de un conflicto que toca a cada uno de nosotros, pero también ellos tienen miedo de pagar con consecuencias esa ayuda recibida, ya que la misma mano del hombre fue la que los ubicó en este su nueva selva de concreto; su miedo se palpa, se percibe y se siente en una fría calle, en donde ellos aprenden que solo sobrevive el más fuerte y en donde la pureza de ser Embera se baña de forma insana con lo malo del caos capitalino apagando poco a poco la llama de su cultura.


*Imagen de wikimedia.org