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Recordando

Aniversario de la Democracia en España

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Anabel Leal
anabeleal@hotmail.com


 


 


 
“Españoles…Franco ha muerto”. Así, el 20 de noviembre de 1975, anunciaba Carlos Arias Navarro, entonces presidente del Gobierno, la muerte del dictador Francisco Franco. Si bien no busco memorar esta semana el aniversario de su muerte, del mismo modo que tampoco me centraré en la coronación de Juan Carlos de Borbón que tuvo lugar dos días después, el 22 de noviembre de 1975. Ambos acontecimientos de relevancia histórica no son sino el punto de partida hacia lo que vengo a considerar mucho más importante como es la Transición Española. Un periodo que, ahora sí, cumple en uno de sus pasos clave, hacia la democracia efectiva, treinta y ocho años. Y es que el 18 de noviembre de 1976 fue aprobada la Ley para la Reforma Política que desarticulaba los cimientos de casi cuarenta años de dictadura franquista.
La noche del 20 de noviembre de 1975 parte de la sociedad española se vio sumida en la pena y el dolor por la pérdida y, la gran mayoría, en la alegría, el champán y el jolgorio, en una celebración de lo que ya se vislumbraba como la salida de un, más que largo y convulso, régimen autoritario. Daba comienzo la Transición Democrática enmarcada entre la muerte del dictador y la aprobación de la Constitución de 1978.  Tres años de profundas reformas, especialmente políticas y sociales, con un único objetivo: lograr en España una democracia plena. Destacadas fueron, en este proceso de democratización, las figuras de Don Juan Carlos I y Adolfo Suárez, quien fuera primer presidente de la democracia.
La necesidad de cambio era obvia, pero existían tres opciones, que poco tenían que ver entre ellas, donde se ponía en evidencia la dificultad del camino. Por un lado, las fuerzas del Régimen apostaban por la continuidad del sistema pero con leves reformas que procurasen la supervivencia del mismo sin Franco. Otros, sin embargo, abogaban por la creación de un gobierno provisional y la convocatoria de elecciones constituyentes que devolviesen el poder a su legítimo dueño: el pueblo. Y, como tercera opción, existía un complejo proyecto de transición que buscaba alcanzar la plena democracia, sin sobresaltos, a partir de las propias leyes franquistas.
La destitución y sustitución de Arias Navarro por Adolfo Suárez como presidente del Gobierno ya supuso un primer paso hacia una nueva forma de hacer política. Pero poco se creyó, al principio, en las capacidades de un joven y casi desconocido Suárez que, además, procedía de filas falangistas y había sido ministro secretario del Movimiento Nacional. La voluntad de consenso y diálogo, el contacto discreto con la oposición, así como la formación de gobierno con ministros no franquistas, confirió la confianza necesaria en la gestión de Suárez.
En este contexto, y habiendo pasado menos de un año desde la muerte del dictador, Adolfo Suárez sometió a votación en las Cortes un proyecto, obra de Torcuato Fernández Miranda, que abría el camino hacia el restablecimiento de las libertades democráticas. Con el resultado de 425 votos a favor, 59 votos en contra y 13 abstenciones se desmantelaba el régimen gracias a las propias Cortes Franquistas que, consecuentemente, aprobaron la Ley para la Reforma Política aquel 18 de noviembre de 1976. El siguiente paso consistía en someter la ley al referéndum del pueblo donde, también, fue refrendada por una amplia mayoría de españoles.
Poco a poco se fueron concediendo ciertas libertades, se desmantelaron las organizaciones franquistas y se procedió a una legalización progresiva de sindicatos y partidos políticos. Sin embargo, sus principales esfuerzos se centraron en lograr las condiciones idóneas que permitieran celebrar las primeras elecciones generales legislativas en más de cuarenta años. Así, el 15 de junio de 1977, España volvía a decidir sobre su futuro, aparentemente más democrático, en las urnas.
Sin otorgar la mayoría a ningún partido político, la victoria de Unión de Centro Democrático (UCD) permitió a Adolfo Suárez formar gobierno y alcanzar el último de los grandes éxitos de la Transición: la aprobación de la Constitución Española de 1978.