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Qué español enseñar

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Por: Sara Saunders
Filóloga de la lengua hispana


 


 


 


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Debido a la importancia que durante años ha ido cobrando la lengua española, son muchos los extranjeros que se deciden a aprender esta lengua antes que cualquier otra. Los profesores de español como lengua extranjera (ELE) deben elegir qué variedad enseñar, siempre basada en las necesidades que presente el alumno. Elegir una variedad no es fácil, en una lengua con tantas como es el español, y suele ocurrir (al menos en España), que se termina enseñando al alumno un español tan neutro que lleva al alumno a tener dificultades a la hora de comunicarse con otras variedades que, por otro lado, cuentan con un mayor número de hablantes.


El español no es una lengua fácil. Es fácil adquirirla cuando estamos en ese estadio de la niñez en que la necesidad de comunicación se despierta y comenzamos a transmitir mensajes por imitación, pero cuando nos encontramos en nuestra etapa adulta el tema se complica. En este momento aprendemos por asociación a nuestra lengua materna (al principio) y basta con pararse a reflexionar un momento sobre la lengua para ver lo complicado que nos resultaría el tener que explicarle a un hablante de otro idioma el uso del modo subjuntivo o la diferencia entre los verbos ser y estar. El aprender de memoria y el ejercitar mediante el uso son la únicas formas de aprender aspectos como el paradigma verbal con sus conjugaciones, sus verbos irregulares y sus diferentes modos, pero ¿cómo conseguimos que el alumno domine la lengua española en conjunto, con lo rica que es, como un todo?


Antes de tratar de encontrar una solución que responda a la pregunta de qué lengua enseñar, analicemos una situación análoga: la del inglés que aprendemos en España.


Me consta que, en países como Portugal y por supuesto Latinoamerica, tienen la costumbre de ver las películas extranjeras en VO, cosa que no ocurre en España, por lo que el único contexto en que tenemos contacto con la lengua inglesa es en colegio. Si a esto le sumamos el hecho de que el inglés que se nos enseña en nuestra etapa escolar es un inglés que yo, personalmente, no he vuelto a escuchar, la tarea de dominar el inglés se hace difícil. Sí que es cierto que el español medio puede mantener una conversación a un nivel muy básico con un angloparlante, pero los casos en los que encontramos a un español con un gran dominio del inglés son menos de los que nos gustarían. No es el caso de América latina, donde no sólo me consta que una gran parte de la población cuenta con el dominio del idioma, sino que además suelen tener muy buena dicción.


La primera vez que tuve contacto real con hablantes de inglés fue hace unos tres años en un pueblo en el este de la República de Irlanda, cerca de Dublín. Yo había aprendido inglés (como todo el mundo) en el colegio, pero también por medio del cine, de la música, y por algún que otro verano asistiendo a clases de inglés. Los primeros días de mi nueva vida en este lugar estaba casi segura de que la lengua en la que me hablaban mis compañeras de piso o en las tiendas tenía que ser algo diferente del inglés. Pero no (y tampoco era gaélico): era la variedad que se hablaba ahí. Solo me hicieron falta unas semanas para acostumbrarme a la forma de hablar inglés de esta parte del mundo, pero aprender a entenderlos me ayudó también de forma indirecta a aprender a entender otras variedades del inglés. Debe haber una parte de nuestro cerebro que se encarga de cumplir esta función, pues sin quererlo, cuando escucho a algún angloparlante con un acento con el que no estoy familiarizada comienzo, sin darme cuenta, a tomar notas mentalmente :“esta persona cierra un poco más las vocales que los hablantes de la zona X, mientras que la cierra menos que los de la zona Y” o “tienden a hacer más marcada la entonación a final de frase, pero no tanto como en X, así que deben de ser de más al sur”.
Supongo que con el español que se enseña ocurre lo mismo y el problema viene cuando nos encontramos frente a la pregunta “qué español enseñar”, porque todos los tipos de español que existen son imposibles de abarcar. También depende del contexto en que el alumno se encuentre y el uso que le quiera dar a la lengua. Por ejemplo, el año pasado me vi en la situación de impartir un curso de español a un grupo de unos cuarenta estudiantes de erasmus procedentes de nueve países diferentes. Estos chicos iban a pasar seis meses en Madrid, por lo que sus necesidades estaban definidas: debían mejorar el nivel que traían de su país de origen para poder enfrentarse a las clases en la universidad, al tiempo que necesitaban ser capaces de comunicarse en situaciones cotidianas como ir al supermercado, al bar, visitar al médico o solicitar un abono para el transporte público. Yo no puedo cambiar la forma en que hablo, o sí, pero no lo hice, sino que me limité a llamar la atención sobre mi seseo y mi no uso del pronombre vosotros o las formas verbales ligadas a él, porque era algo que iba probablemente a romperle los esquemas. Ese simple gesto de comentar unos pocos aspectos de mi variedad, casi sin quererlo les abrió la mente y les despertó la conciencia de la posibilidad de las demás variedades.


El profesor de español se decanta, por lo general, por un español normativo y, como mucho, introduce en la clase de ELE elementos del español coloquial. Más adelante, y parece que por obligación (ya que el manual de turno así lo propone), el alumno ve algo de alguna variedad de América Latina por medio de películas. No sé cómo se trata el tema de las variedades en el aula de ELE en otros países, pero el tratamiento que he visto a lo largo de mi corta experiencia en España cuenta con muchos vacíos con respecto a este tema.
Ya la lengua entraña una complejidad suficiente, como para entrar en el maravilloso e interminable mundo de las variedades, pero es necesario poner al alumno no en conocimiento de todas y cada una de ellas, pero al menos las principales diferencias, las que se dan más a menudo, las que pueden confundir más fácilmente al alumno. Por supuesto, este aspecto de la variedad no debe introducirse en las primeras sesiones del aprendizaje, a no ser que queramos perder de vista a los estudiantes de español tras la primera clase, sino más adelante, cuando el alumno ya tenga un cierto dominio de la lengua y una cierta capacidad de reflexión sobre la misma.
Siempre he pensado que, mientras la comunicación sea posible, el aprendizaje está dando sus frutos. Los profesores tendemos a centrarnos en que nuestros alumnos utilicen correctamente las preposiciones por y para, y nos olvidamos de que lo importante es que el estudiante en cuestión sea capaz de salir con éxito de las situaciones comunicativas en las que se encuentre.


Puede que lo más productivo sea comenzar la enseñanza con una variedad diferente de la que se suele utilizar como modelo, ya que poniendo al alumno directamente en la situación de aprender una variedad que entrañe mayor complicación, habrá cuatro o cinco variedades que habrá aprendido a entender sin darse cuenta. Además, hay muchos más hablantes que se comunican con las variedades que no se enseñan, que de las que sí, y esto es algo de lo que los profesores de español españoles solemos olvidarnos.