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INGLATERRA FUE REPÚBLICA ANTES QUE EE UU Y FRANCIA

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Enrique Zattara


Ahora que la estabilidad democrática de Latinoamérica parece asegurada desde hace varias décadas, son cada vez más los que se interesan por conocer y estudiar los orígenes de esta forma de organización de los estados modernos. Desde la escuela, nos han enseñado que la democracia nació en “estado puro” (algo bastante discutible si se tiene en cuenta que no participaban del poder las mujeres, los esclavos ni los extranjeros) en la Grecia clásica; y siempre los hitos más significativos de esta forma de gobierno se han señalado en la Revolución Francesa de 1789, con su antecedente en la Constitución norteamericana de 1776. Sin embargo, pocos saben que fue en Inglaterra donde se dieron los antecedentes más sólidos del moderno concepto de democracia, en tiempos muy anteriores a los citados. Inglaterra –siempre señalada como ejemplo típico de Monarquía- fue sin embargo (si exceptuamos a Roma) la primera República de la historia, en los once años que transcurrieron entre 1649 y 1660, bajo el mandato de Oliver Cronmwell; y en su seno se desarrolló un movimiento ya casi olvidado, cuyos principios se asemejan nítidamente a los de la moderna democracia: los levellers. Merece la pena conocer esa parte de la historia.
Ya en 1215, el hermano del famoso Ricardo Corazón de León, el rey Juan sin Tierra (el enemigo de Robin Hood), había tenido que aceptar una Carta Magna donde la nobleza limitaba su poder omnímodo. Y ese espíritu levantisco fue desde entonces parte de la historia política británica, existiendo desde tiempos inmemoriales un Parlamento representativo (no permanente) al que el rey debía convocar y pedir autorización cada vez que necesitaba aumentar los impuestos. Pero fue en el siglo XVII cuando, tras la vuelta de la dinastía Stewart al poder y la imperiosa necesidad del segundo monarca, Charles I, de recaudar impuestos para sostener los gastos de su ruinosa participación en la guerra europea “de los Treinta Años”, que el Parlamento opta por enfrentarse a los designios del monarca. El 22 de agosto de 1642 el Parlamento crea el New Model Army, un ejército propio que planta cara a Charles, bajo el liderato del posteriormente Lord Protector Oliver Cronmwell. Tras varios años de escarceos, el Parlamento (del cual habían sido eliminados previamente todos los elementos contrarios al cambio en la llamada Purga de Pride) disuelve la Monarquía, decapita al rey y nombra máximo mandatario al propio Cronmwell en 1649. Más allá de las polémicas, que subsisten y subsistirán, sobre la figura de este controvertido personaje histórico, lo cierto es que en determinado momento el Parlamento le ofrece la Corona, y Cronmwell la rechaza demostrando que no estaba dispuesto a restaurar una institución que él mismo había contribuido a liquidar. El experimento termina en 1660, tras la muerte de Cronmwell y el derrocamiento de su hijo Richard, con una nueva restauración de la Monarquía en la persona del hijo del rey decapitado, llamado Charles II.
Pero quizás uno de los aspectos más interesantes de estos episodios fue el surgimiento, en el seno del New Model Army, de un movimiento respaldado fundamentalmente en los soldados rasos, de extracción popular, que se proponía llevar hasta sus últimas consecuencias el proceso democratizador del gobierno y la sociedad británicas. Dicho movimiento, liderado por John Lilburne, William Walwyn, Richard Overton y otros, fue llamado de los “Levellers” (literalmente, Niveladores, aunque entiendo que debe interpretarse más fielmente como Igualitarios). Su objetivo fue profundizar los avances democráticos insinuados y puestos en
práctica con la abolición de la Monarquía, y además de numerosos libros y panfletos donde desarrollaron sus principios, ellos se encuentran resumidos en el llamado Acuerdo del Pueblo (Agreements of the People), en donde por primera vez se acude al concepto moderno de Pueblo como agrupación de “hombres libres” con igualdad de derechos, rompiendo con la distinción medieval todavía vigente entre Lores y Commons. Este excepcional documento (estamos hablando de mediados del siglo XVII) propone, entre otras cosas, la abolición de los privilegios de la nobleza, la libertad religiosa, la renovación del Parlamento cada dos años por elecciones, y deja claro que el verdadero poder reside en el representado y no en su representante. Todo un rosario de propósitos que anticipa sin duda los principios de la democracia moderna, más de un siglo antes que estos comenzaran a tomar forma en América del Norte y Francia.