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El adiós de la Ley Seca

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Anabel Leal/anabeleal@hotmail.com






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El 5 de diciembre de 1933 se derogaba la famosa ley seca en Estados Unidos; una ley que lejos quedó de cumplir sus iniciales objetivos de reducir el consumo de licores y pacificar las calles. En 14 años desde que entrara en vigor el 17 de enero de 1920 lo que sí consiguió fue el auge de la corrupción y el crimen organizado. El mercado negro y el contrabando hicieron de Estados Unidos un lugar inseguro controlado por los gánsters, que tantas películas inspiraron después.


En la década de los años 20 cobraron importancia los movimientos por la Templanza que, formados casi en su totalidad por mujeres, promovían la lucha contra el consumo del alcohol. En sus inicios se buscaba la moderación, tanto en la comida como la bebida, pero no tardó en evolucionar hacía la prohibición total de bebidas alcohólicas, con la condena de todo aquello que les estuviera relacionado, es decir, también su producción y venta. El movimiento presentaba un fondo religioso, ya que, a lo largo del siglo XIX, diversos líderes de iglesias protestantes, populares entre las masas anglosajonas del país, habían señalado al alcohol como el culpable de los grandes males sociales. Así pues, desde una perspectiva puritana se buscaba dar un giro a la moralidad del país. En este contexto destacó la figura de Carrie Nation, una mujer cristiana que pasó a la historia por entrar a las tabernas con un hacha para destruir todas las botellas que encontrara en el establecimiento. Era su peculiar campaña contra la venta de bebidas alcohólicas que vinculaba con el clima de decadencia que asolaba el país, además de con otros vicios morales tales como la prostitución.




La enmienda 18, que estableció la ley seca en el país, fue ratificada en enero de 1919: “Un año después de la ratificación de este artículo quedará prohibida por el presente la fabricación, venta o transporte de licores embriagantes dentro de los Estados Unidos y de todos los territorios sometidos a su jurisdicción, así como su importación a los mismos”. La ley clasificaba como bebidas alcohólicas a aquellas que tuvieran más de un 5% de alcohol.


La prohibición no frenó el consumo de alcohol, solo lo llevó a la clandestinidad. No tardaron en nacer los “speakeasy”, bares ilegales escondidos tras la fachada de un negocio normal a los que se accedía por puertas secretas. Una curiosidad de estos establecimientos era que si la policía entraba, los clientes podían quedarse quietos, ya que el consumo no estaba prohibido sino la fabricación, transporte y venta de




licores. Esto desató además la corrupción dentro de la policía, que se dejaba sobornar a cambio de no arrestar a los dueños de los locales. De hecho, era tanta la corrupción que se llegó a decir que la mejor manera de saber dónde había un bar clandestino era preguntándole a un policía. Incluso el Estado tuvo que crear unidades policiales especiales para atajar la corrupción de la propia policía.


El mercado negro atrajo a importantes bandas de delincuentes; sin embargo, dentro del comercio ilegal de bebidas alcohólicas el criminal más famoso fue, y así ha pasado a la historia, Al Capone. Él y otros jefes de la mafia estadounidense ganaron millones de dólares mediante el tráfico y la venta clandestina.


Visto el torpe éxito de la Ley Seca en la conquista de sus objetivos iniciales, el 5 de diciembre de 1933 fue derogada. El Congreso adoptó la Enmienda 21, aprobada por el 73% de los votos. Las autoridades del gobierno se dieron cuenta de que en plena Era de la Depresión era imposible hacerla cumplir y, no solo eso, la Ley Seca había empezado a verse como una excesiva intromisión en la vida privada de los estadounidenses. Incluso las mujeres, años después, se retractaron de su histórico apoyo a la ley. Por su parte, los gánsters derivaron sus negocios hacia otras actividades como las drogas o la prostitución. Y el mercado del alcohol se convirtió en una fuente de empleos, en una industria que ya había sido la séptima en la economía antes de ser prohibida.