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Cultura

​Stanley Kubrick en el Museo del Diseño

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Por Lorena Benéitez

Pensar en los mensajes ocultos de camino a la retrospectiva del “outsider” es inevitable. Mencionar el método Ludovico, el teléfono rojo o la habitación 237.

El actual emplazamiento del Museo del Diseño (Londres, 2016) brinda la oportunidad de consultar el vasto archivo en plena exposición, observar detenidamente maquetas, la escritura de los guiones  -incluso los proyectos nonatos, “Napoleon”-, revisar entrevistas, correspondencias de agentes colaboradores, objetos, cámaras, materiales fotográficos o disfraces de los personajes a lo largo de cinco décadas.  Un placer al sonido de las claquetas.

El cine de Stanley Kubrick (Estados Unidos, 1928-1999) y el secretismo que envolvía su figura resultaba enigmático entre los directores del siglo XX.

Afincado al norte de Londres en Hertfordshire -donde descansan sus restos- fue la localización de tres películas: “The Shining” (1980), “Full Metal Jacket” (1988) o “Eyes Wide Shut” (1999) -los osos de peluche con la finalidad de persuadirnos del consumismo de las décadas o dónde termina el arcoíris y comienza la realidad-.

Se comparaba a un jugador de ajedrez, amante del jazz o lector compulsivo de libros de ciencia-ficción. Sin recibir estudios de cine, le dieron el Óscar -premio por la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas (1968)- por los efectos especiales en “2001: A Space Odyssey” hasta le consagraron con el León de Oro (1997) -Festival Internacional de Cine de Venecia- por la carrera profesional.

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Crecido entre inconformismos artísticos, sus trece largometrajes representan temáticas cercanas a la naturaleza de los impulsos y deseos humanos, atento a las nuevas tendencias, el miedo hacia lo incontrolable y ciertas nociones relacionadas al mundo de los sueños. El uso del silencio, lo siniestro o la pulsión tan clave al hacedor de cine.

Un mero observador de la realidad que al desmenuzarla renueva géneros, claves narrativas -correspondientes a los años 60 y 70- en un afán perfeccionista de incansable exigencia.

No tiene parangón. Controlando toda la técnica incluso las distribuciones a estrenar en diferentes países y horas concretas que consideraba las oportunas.

Ese saber mirar con agudeza los entresijos de su tiempo, el nuestro, sigue funcionando en taquilla. Con enorme poder de influencia a sus colegas. Era imprescindible. Se hizo mito.

Una lectura recomendable este verano pudiera ser “Kubrick en casa” (Nuevos Cuadernos Anagrama, 2019) por Vicente Molina Foix -traductor al castellano de sus últimas películas -.

Entendiendo que la cultura del séptimo arte pueda civilizar al ser humano. Bregaba con un grupo de expertos ayudantes a la manera de los talleres de pintores del siglo XVIII. Terminaba destruyendo maquetas y modelos de sus films para evitar ser reciclados por terceros.

Consciente que las producciones tenían que sobrevivir, marcó la agenda de temas sobre investigaciones de inteligencia artificial o innovadoras composiciones pictóricas                      -puntillismo conceptual-. Artistas, diseñadores, tipógrafos, marcas y logos todo caldo de cultivo.

Efectos especiales, manías, cuartos de baños, luces artificiales que iluminaban los sets de rodaje. Escenas reales donde la dirección de arte mandaba más que la de actores. El británico Christopher Frayling experto en la industria del cine lo narra al detalle en sus investigaciones.

El Museo del Diseño cumple los treinta años con techo parabólico, ganas de seguir perdiéndose entre la calidez de sus plantas con escaleras de roble y vistas a Holland Park. Convocan en septiembre un simposio del legado Stanley Kubrick con importantes diseñadores y teóricos a debatir entre los asistentes.


224-238 Kensington High St, London LU8 6A6

Hasta el 15 de septiembre 2019

www.designmuseum.org


*Imágenes cortesía del Desing Museum Londo