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Express News Suecia

​De unas historias latinas jamás contadas en Suecia

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P5 carta



Por Jorge Talavera

1989 habíamos sobrevivido al primer invierno y a la aceptación de los horarios, las 7:05 del bus, las 7:28 del tren, las clases en el SFI (sueco para inmigrantes) a las 8:00, la pausa de las 08:45, las clases de 45 minutos, los 10 minutos de pausa, los 5 minutos del baño o el cigarro, todo era exacto, los minutos eran como esos botones eléctricos que nos hacían pasar de un lugar a otro, todos nosotros teníamos la convicción que nos habíamos liberado de la dictadura de nuestros países para caer en una tiranía mayor la del tiempo. Para nosotros los latinoamericanos la hora jamás era la hora, siempre teníamos un margen de 15 minutos mínimo, si nos inventábamos una buena excusa hasta 1 hora, los tiempos eran siempre manejables, que el tráfico, que un atentado, que un cordón de seguridad, todo era válido para que esa hora exacta se adaptara a la nuestra hora inventada.

Aquí imposible, no teníamos el idioma para la “milonga” a la justa sabíamos decir Hola, gracias, baño, pausa y discúlpeme, como para inventarnos la justificación de la tardanza, en realidad venció el “no” querer pasar vergüenza al dar explicaciones en sueco en la escuela o centro de trabajo, por encima de la esclavitud del reloj. Fue un 5 cero rotundo, mejor oprimido por la hora que el deshonor de inventar la excusa para que nadie te entienda.

Aprendimos a levantarnos sin los gritos de mamá, de esos a tres tiempos, el primero para avisarte que ya tenías pronto que levantarte, el segundo era para avisarte que pronto llegaría el último grito de mamá, y el definitivo, el tercero ese sí que te levantaba al toque previo carajo y con el susto que la vieja no se haya muerto de tanto esfuerzo al gritar. Aquí todo era diferente, aprendimos a levantarnos de noche, las distancias eran más largas para ir a trabajar, si fallabas en los minutos del bus y por más que corrieses jamás llegarías al tren, en esas épocas solo mirabas los taxis, porque aquí aunque sacaras las dos manos no paraban estos señores y si hubieran parado… solo podríamos haberle dicho: Hola, gracias, baño, pausa y discúlpeme.

No había móviles menos GPS o traductor de texto.

Muchos dirán que lo del idioma no era para tanto, tendrían que haberlo vivido para que nos entendieran, por aquel tiempo cuando nosotros llegamos cualquier inmigrante que decía hablar el sueco era considerado una eminencia en el idioma, aunque 20 años después nos diéramos cuenta de que su sueco era más mímico que idiomático.

El sueco tiene 3 vocales imposibles para nosotros la Å, Ä y la Ö, estas vocales crearon todos los enredos de lengua en la pronunciación del sueco por parte de la primera generación latina en Estocolmo. Nuestro sueco por aquellos meses era una mezcla de español, inglés de películas y canciones al corte “lest go”, “Hello”, sumado con manos, caras y muecas, como también algunas cortas palabra de sueco correcto.

La escuela de sueco para inmigrantes era una experiencia única, nos sentíamos ciudadanos del mundo, allí conocí gente de países que en mi vida había visto o escuchado, Irán, Irak, Vietnam, Finlandia, Turquía, Grecia, Hungría, Yugoslavia, entre otros. Había por clase siempre mínimo 3 chilenos, quizás un boliviano o un uruguayo. Aún no había comenzado el éxodo peruano por esos tiempos. Así que aparte de aprender sueco tenia que buscar un puente idiomático con mis vecinos para estar actualizado de todas las movidas en la ciudad, todo el acontecer del mercado negro era con ellos, no porque fueran los inventores, sino que ellos por ser grupo mayor siempre se enteraban de la noticia primero. ¡Teléfono público roto en tal estación! Allí corrían todos los latinos a llamar la familia, cuando veías colas de personas en un teléfono público y escuchabas el español murmurando, era porque ya le habían encontrado el truco para sabotear el teléfono.

Es que nosotros maniobrábamos todo, a la moneda de 5 coronas le poníamos una pita para que no corriese nunca y la llamada siguiera. A que no nos expusimos por seguir hablando con nuestros seres queridos, había hasta un aparatito que se colocaba al teléfono, uno marcaba los números y cruzaba la llamada, como olvidar cuando llegaban los estudiantes de Rusia con esos teléfonos satelitales que previa programación te lo llevaban a tu casa y la hora salía 100 SEK, allí hablábamos hasta que la lengua quedara seca o llegaba la suegra y por naturaleza la hacíamos cortita.

Es que en 1989 aún era épocas de cartas, quizás nuestros hijos no lo entiendan, pero escribir una carta a nuestros padres o seres queridos, era algo que te rompía el alma.

Somos también la última generación que escribió una carta en un papel a mano, apunta de borrador y con el corazón abierto. Sin opción a cambiar lo dicho, sin poder eliminar el mensaje, sin poder editarlo después.

1989 fue un año que marco un gran cambio en la historia del mundo contemporáneo, año de revoluciones que derrocaron a los estados comunistas del bloque del Este y la caída del muro de Berlín.

Aires de reforma se sentía hasta en la música, bailábamos la gran mentira de Milli Vanilli con “Don´t Forget My Number” y Queen aparecía con “I want it all”, sin embargo, todo el mundo termino bailando ese año… “La Lambada”. Lo latino comenzaba a estar de moda, agonizaban las cartas, mis amigos de izquierdas lloraban en silencio la caída del muro de Berlín o mejor dicho, de la gran cortina que cubría la injusticia del mundo comunista, por fin la sociedad occidental puedo mirar la cara oculta del este.

En aquella primera primavera mía y sometido al absolutismo del tiempo en Suecia, había aprendido a decir “Jag kan prata lite svenska”.